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Acto I -EL PLAN-
El viento mueve las hojas de un árbol, el cielo está gris, y a punto de llover. Raimundo Bonilla cruza la calle con paso rápido, tiene prisa. Intenta saltar un charco, pero no lo consigue, y empapa por completo una de las zapatillas. Comienza a llover, causa por la que Raimundo Bonilla acelera el paso,
y hace lo posible por no mojarse, aunque un vehículo que se acerca rápido lo salpica completamente; se detiene, y con un cabreo contenido observa como el coche se marcha. Continua caminando a la vez que se sacude la ropa.
Raimundo Bonilla junto a una chica, entran en una oficina de la policía, en donde se hacen los DNIs. Tras ellos un policía cierra la puerta. Hay tres o cuatro personas delante de Raimundo Bonilla; cuando le llega su turno, entrega unos impresos a Jorge, un funcionario que analiza unos instantes la documentación aportada.
Jorge: A ver, sí... Esta foto es antigua.
Raimundo Bonilla: ¡¿Eh...?! Es...
Jorge: ...Ya sé que me dices, pero vamos a ver... ¿No puedes traer la fotografía de ahora? No es tan difícil de entender, si el carné te lo haces hoy, pues la foto como mucho de ayer. (Le
devuelve los papeles) Esto no vale, vuelve mañana.
Raimundo Bonilla: Pero es que...
Jorge: No me des la brasa, que son pasadas las dos. A ver tú ¿Qué quieres? (La chica le da el resguardo, Jorge busca el DNI, y se lo da, ella lo coge y se marcha. Se acerca Susana, una compañera de trabajo con la que tiene una muy buena relación)
Susana: (Irónica) ¡Hay que ver qué guarro con esa barba!
Jorge: No sé por que dices eso, hoy me he duchado.
Susana: Aféitate hombre, si tuvieras novia no te lo iba a permitir.
Jorge: Ya. Pues como no tengo, eso es lo que gano. ¿No te parece?
Susana: Ah... Tú mismo, así vas a ligar tú, sí sí. (Recoge algunas cosas, y farfullando sigue a lo suyo)
Jorge termina de clasificar unos impresos; está haciendo tiempo, ya que ordena una y otra vez los mismos papeles. Se ve un pequeño enanito jorobado de goma, que está clavado con alfileres que lo atraviesan, y lo sujetan al mostrador.
Mira disimuladamente su entono. El policía de la puerta está charlando con otro funcionario, y tras unos instantes, se marchan juntos. Se quedan solos Jorge y Susana.
Policía: Bueno, Susana y compañía, nosotros nos vamos. Hasta mañana.
Susana: Hasta mañana.
Jorge: Hasta mañana. (Se marchan los dos)
Susana: ¿Qué... No acabas?
Jorge: ¡¿Eh...?!
Susana: ¿Qué si no acabas?
Jorge: Ah..., sí. ¿Por qué?
Susana: Anda, vamos que te invito a una caña.
Jorge: Gracias, otro día. Hoy estoy un tanto liao.
Susana: Como quieras. (Bromeando) Pero te diré..., que además de invitarte a la caña, la pensaba pagar, y todo. ¡Eh...!
Jorge: Claro claro, tal vez mañana.
Susana: Ah.... no, mañana la pagas tú.
Jorge: Vale. (Jorge sigue ordenando los mismos papeles un tanto nervioso. Susana se marcha)
Susana: Hasta mañana.
Jorge: Hasta mañana.
Una vez que se ha ido Susana, respira desahogado. Deja los papeles tal y como caen; coge su abrigo y se dirige a la puerta. Se asoma, ve como Susana tuerce su camino y sale del edificio; va a abrir la puerta pero un policía atraviesa el pasillo, es Manolo; Jorge se detiene y se aparta un poco.
Manolo entra en una oficina, y Jorge espera un tiempo, se decide y vuelve a mirar; no hay nadie, sólo se oyen unas voces lejanas, abre la puerta, y según va caminando por el pasillo se pone el abrigo.
Entra en una oficina, y se acerca a un armario. Mira hacia atrás por si alguien le ha seguido. Se pone de puntillas, y coge una bolsa de plástico encima de un armario. Hay algo en su interior, lo mete rápidamente en un bolsillo interior del abrigo, y sale de la oficina.
En el pasillo se encuentra de frente con Manolo, con el que tiene una buena amistad.
Manolo: ¿Qué, ya te vas?
Jorge: ¡¿Eh...?! Ah, Sí, claro claro. A ver qué voy a hacer aquí.
Manolo: Ya sabes, unos entran...
Jorge: ...Y otros salen.
Manolo: Eso mismo es. Ala... Mañana será otro día.
Jorge: Nos vemos.
Jorge sigue por el pasillo camino de la calle. Se encuentra con otro compañero de trabajo, con él que el saludo es bastante frío; se nota que entre ellos ha habido malas relaciones. Un poco más adelante, en la puerta de salida, está Tomás, otro policía amigo de toda la vida.
Jorge: Hombre..., aquí está Starky. A ver si no nos la jugamos tanto.
Tomás: Naaa. No pasa nada.
Jorge: Un día te van a meter una bala, en esa cabeza buque que tienes.
Tomás: No jodas... Espero que no.
Jorge: Ay... si te hubiesen tenido en la segunda guerra mundial, tú solito habías acabado con todos.
Tomás: Y si me hubieran tenido los nazis, hoy... hablaríamos todos alemán.
Jorge: (Ríe) Sí..., claro. De todas maneras cuídate mucho.
Tomás. Gracias, lo intentaré. (Jorge mira al cielo, para comprobar si ha dejado de llover)
Jorge está en la calle, se acerca a una panadería en la que entra sonriente. No hay nadie; sólo Ana, la panadera, que sonríe cuando lo ve entrar.
Jorge: Hola, dame un pan.
Ana: Hoy no me quedan poco hechos.
Jorge: Dame el menos hecho que tengas.
Ana: ¿Quieres un croassan también?
Jorge: No, hoy no.
Ana: 55 céntimos.
Jorge: Sí sí (Saca la calderilla de un bolso del pantalón) Vaya, hoy ha habido suerte, justo. Toma esto también. (Le da una moneda de un céntimo) No te quejes... ¿Eh? Hoy hay propina.
Ana: (Sonriendo) Sí, con esto me voy a ir al Caribe.
Jorge: No sé... Creo que con eso, sólo te dará para el billete de ida.
Ana: (Bromeando) Sí, pero mañana me darás el de vuelta, ¿verdad?
Jorge: (La sonrisa flojea, y la mira) Sí, claro claro. Mañana. (Entra una persona)
Ana: Anda tonto.
Alguien: Quería un par de baguetes. (Jorge la está mirando)
Jorge: Bueno..., entonces hasta mañana.
Ana: Hasta mañana. (Jorge se va, y su expresión es triste)
Sale de la tienda con el pan de la mano, camina unos metros, y saca unas llaves del bolsillo, se dispone a abrir una puerta. Antes que le dé tiempo a introducir la llave en la cerradura, la puerta se abre y aparece un vecino calvete que sale en ese mismo momento. El saludo es muy cordial.
Calvete: (Sin detenerse) Hola.
Jorge: (Sonríe al verlo) Y hasta luego.
Calvete: (Sonriendo) Ya nos veremos. (Cuando se ha ido, su semblante se torna nuevamente triste)
Jorge: (Muy bajo) Ya.
Abre la puerta de casa y entra, no hay ni un solo mueble, está completamente vacía, por no haber, ni siquiera las ventanas tienen cortinas. Da al interruptor del pasillo, la luz no se enciende, da unas cuantas veces seguidas, pero la bombilla testaruda se niega a iluminar aquel pasillo, que permanece completamente oscuro; Jorge hace un gesto de conformidad, es algo que esperaba. La tristeza le invade, y suspira levemente.
Con la mirada perdida se dirige a la cocina, a través del oscuro pasillo.
Entra en la cocina, en donde tampoco hay ningún mueble, aunque hay indicios que los hubo recientemente. La luz es escasa; tan sólo la que entra por una pequeña ventana medio cerrada, que abre. Se distingue dibujado en una baldosa de la pared, una figura de un enanito jorobado, que está colgado por el cuello, con una cuerda sujeta a una punta clavada en la pared. Hay un paquete envuelto con papel de aluminio encima de la pila, deja el pan a su lado.
Jorge entra en el lavabo y le da al interruptor de la luz, pero no se enciende. Recuerda que no hay corriente eléctrica, y como puede coge la máquina eléctrica de afeitar, olvidando nuevamente que no hay corriente. Se da cuenta de la tontería, y busca una maquinilla desechable, coge un par de ellas, y el jabón para las manos. Sale del servicio.
Está en la cocina, terminando de afeitarse. Revisa que no hay ninguna zona mal afeitada, y mete la cara debajo del grifo. Salpica con el agua un poco el pan.
Jorge: ¡Cachis...! (Seca las gotas de agua que le han caído al pan)
Coge un trapo, y con una mano se seca la cara, mientras con la otra sacude el pan. Una vez ha secado la pila con el mismo trapo, deja el pan sobre ella, y coge el paquete de aluminio para abrirlo, es jamón cocido.
Quita el papel que envuelve la barra de pan, mira a su alrededor en busca de algo, pero no hay nada, con las manos y sin ayuda de ningún cuchillo, parte el pan y se hace un bocadillo. Cuando le va a dar el primer mordisco, hace como si el bocadillo hablase, moviendo la parte superior de pan. La expresión de Jorge refleja tristeza, una enorme tristeza.
Bocadillo: ¡¿Qué vas a hacer?!
Jorge: Comerte.
Bocadillo: ¿Por qué?
Jorge: Tengo hambre.
Bocadillo: ¿Me vas a comer todo entero?
Jorge: Ya veremos (Jorge le da el primer bocado)
Bocadillo: !Ay¡
Jorge: (Con la boca llena) Sí sí, tú quéjate todo lo que quieras, te va a dar igual.
Jorge entra en su habitación mientras está acabando el bocadillo. Tampoco hay ningún mueble; tan sólo un macuto, al lado de una pared. Jorge mira lo que queda del bocadillo, antes de darle el último bocado. Todo está en penumbra.
Bocadillo: Me dijiste que me dejarías algo.
Jorge: No, te dije que ya veríamos.
Bocadillo: No seas egoist... (Jorge se come todo lo que quedaba)
Jorge: (Echa una última mirada, y con todavía algo de bocadillo en la boca) Bueno, una vez que nos hemos comido a Flopy; habrá que irse. (Está completamente destrozado)
Coge el macuto y hace el impulso de marcharse. Se da cuenta de algo, y lo vuelve a dejar en el suelo. Lo abre, e introduce en su interior la bolsa que cogió encima del armario, empujándola hasta el fondo. Se puede ver ropa, y un sobre grande bastante abultado. Cierra el macuto, y sale de la habitación.
Jorge está haciendo cola, en la ventanilla de una estación de autobuses. La actitud del dependiente es completamente distante, algo hostil, pero sin exaltarse lo más mínimo.
Jorge: Hola ¿Me da un billete?
Dependiente: ¿Para cuándo?
Jorge: Para ahora.
Dependiente: No quedan.
Jorge: ¡¿Cómo?! Si me dijo por teléfono que siempre queda alguna plaza libre.
Dependiente: Pues hoy no queda ninguna. Tendrá que esperar hasta las ocho, que sale el siguiente.
Jorge: ¿Y no hay otro antes?
Dependiente: Pues no. Antes del siguiente, no hay ninguno.
Jorge: ¿Y qué hago yo... hasta las ocho?
Dependiente: Vaya al bar, coja unos papeles, y escriba su vida. A mí qué me cuenta. (Un silencio)¿Quiere el billete o no?
Jorge: (Un silencio) Sí…, deme uno.
Dependiente: ¿Ida y vuelta?
Jorge: No, sólo ida.
Jorge coge el billete y se va. Se cruza con Manoli, una conductora de la empresa, que da unas llaves al dependiente, a través de la ventanilla. Con Manoli está Ángela, una amiga que le acompaña.
Manoli: Toma. Una que se va.
Dependiente: ¡Espera! Tienes que hacer la línea 3. Samuel está con gripe.
Manoli: ¿Pero qué dices...? Estoy que ya no puedo más. Hoy sólo tenía que hacer esta línea corta, y ya está.
Dependiente: Tienes hasta las 8 para descansar. Toma, aquí tienes las rutas que tienes que hacer. (Le da una carpeta a través de la ventanilla)
Manoli: ¡Joder...! (Manoli se va mirando la carpeta. Ángela le acompaña) ¡Joder! Ahora me tengo que meter 300 kms, y quedarme allí una semana. ¿Qué hago yo en el sur, una semana? Nada, bueno..., aparte de encontrarme con el calavera..., nada.
Ángela: Qué le vamos a hacer... Ya iremos otro día.
Manoli: No es eso, es que estoy harta de trabajar, y de problemas, y más problemas. Ahhhhh... Qué mala suerte la mía; y esto no tiene pinta de cambiar.
Ángela: ¿Con Agus... la cosa va mal?
Manoli: (Decaída) La cosa simplemente no va. El tío sólo quiere recibir, no da nada, sólo pide; y así no es. Si recibes..., tienes que dar. ¡¿O no?! (Ángela asiente) ¿Cuándo saldrá algo bien? ¡¿Cuándo?!
Un autobús entra en la estación dando una curva muy cerrada, y a una velocidad un tanto excesiva, pero aparca perfectamente en su parada. Se oye algún comentario "¿En dónde le habrán dado el carné a esta tía?" "¡Joder que viaje!" Son las 23 horas. Jorge se dirige a Manoli que conduce el autobús. No se conocen, pero a Manoli le atrae Jorge, de modo que le sonríe; aunque se nota que está muy cansada.
Jorge: ¿Tarifa queda lejos?
Manoli: No, pero hasta mañana no hay bus. ¿Está seguro que quiere ir? Allí no hay gran cosa. Quédese aquí.
Jorge: Gracias, pero no. Allí quiero ir, de eso estoy seguro.
Manoli: Hasta mañana entonces.
Jorge: ¿Hasta mañana?
Manoli: Mañana me toca esa línea. A las 8 salimos, aunque si prefiere... hay otro a las 10.
Jorge: (Sonríe) Ya. No no, entonces…, hasta mañana. (Sale del autobús)
Saliendo del autobús le suena el teléfono. Se extraña de que a esas horas suene. Lo mira, y aún se extraña más al ver quién llama. Con gesto serio, contesta.
Jorge: ¿Dime? Sí... No te entiendo ¿Pero qué me estás contando? Claro claro... Basta ya mujer. En varias ocasiones me dijiste que podía contar contigo; un día te llamé porque necesitaba una persona amiga, y tú dijiste que te venía mal verme en ese momento, que mañana, y mañana mañana, y mañana nunca. Claro claro... No, eso no es así y lo sabes, si se dice algo, es para cumplirlo, sino no se dice nada; duele.
(Un silencio) Claro claro... (Un silencio) No... Me has dicho tantas cosas, que ya no te creo... (Muy serio) No quiero volver a verte, ni saber de ti; no quiero que me llames, ni me escribas.
(Un silencio. Jorge está muy afectado) Adiós cariño. Un beso..., pero es grande; nada de tonterías. De entre todos los besos grandes, el mayor, es el que te envío yo. (Un silencio tras el que corta la comunicación)
Apaga el teléfono y lo aprieta con fuerza, hace amago de tirarlo, pero lo guarda en la chaqueta. Pasa al lado de una papelera que mira, apenas la ha sobrepasado se detiene, da la vuelta y lo tira; éste golpea en el borde de la papelera, y cae al suelo. Jorge suspira, resignado se agacha para cogerlo, y lo mete dentro.
Jorge está llamando a la puerta de una pensión. Le contesta Pilar desde el interior, con un tono de voz bastante frío; quizá por las horas que son.
Pilar: ¡¿Quién es?!
Jorge: Perdone por las horas que son, ¿Tiene camas libres?
Pilar: Ahora abro. (Tarda un poco) ¿Dígame?
Jorge: Quería una habitación.
Pilar: ¿Cuántos días?
Jorge: Sólo esta noche.
Pilar: Bien. Me queda una: Es pequeña, y no está muy allá.
Jorge: No importa, estará bien.
Pilar: Como quiera. Me deja su DNI.
Jorge: Sí, claro.
Pilar: Son 20 euros. (Un silencio en el que mira a Jorge) Tiene que pagármelos por adelantado. (Mientras Jorge saca la cartera para coger el dinero, Pilar copia los datos del DNI, en un papel)
Jorge: Tome. (Pilar le devuelve el DNI)
Pilar: Sígame. (Lo lleva hasta la puerta de la habitación, la abre, y sin dejar de caminar) Si necesita algo, pegue una voz.
Jorge: Vale.
La pensión es de esas que se dicen de mala muerte, aunque todavía habrá que buscar alguna otra palabra más, para definir fielmente aquella habitación en la que se encuentra Jorge. Ciertamente es pequeña, y como consecuencia lógica, las dimensiones de la cama son muy reducidas.
La almohada no está bien definida, es simplemente una bolsa de tela con algo dentro, algo que resulta difícil de imaginar; aunque es claramente perceptible, que sea lo que sea aquello, no será en absoluto algo confortable.
El techo se supone que algún día fue blanco, aunque en estos momentos, se encuentra a medio camino entre el verde, y el negro; eso sí, con gran cantidad de matices distintos, tanto en su color, como en su textura.
Hay un armario al que Jorge miró. Rápidamente razonó ser prudente, y no acercarse a él; y en cuanto a no abrirlo, la decisión era firme.
Las paredes son un poco más claras que el techo, y el suelo parece que puede ser de madera; más que nada por los chirridos que produce al caminar sobre él; dado que la iluminación no permite verlo con claridad, daremos por bueno que es de madera.
La ventana está cerrada, y aunque tiene la impresión que si la roza caerá hecha añicos, Jorge se atreve a abrirla con extremo cuidado. Sorprendentemente aguanta tal atrevimiento, y para mayor sorpresa, lo hace con suavidad, y sin producir ningún tipo de sonido.
Lo que desde allí se ve no encaja bien, ya que el paisaje es muy hermoso. Aquella mugrienta habitación tiene unas vistas increíbles, que hacen olvidar completamente, todo el entorno en el que se encuentra.
Sin dejar de mirar aquel paisaje, camina de espaldas hasta sentarse en la cama; ésta hace un jaleo de ruidos estrepitosos; muelles y hierros interpretan una sinfonía desafinada, que hace presentir como inevitable, la desintegración de aquella cosa sobre la que se ha sentado.
Se detiene por un instante, y el silencio regresa a ser protagonista; inicia de nuevo la acción de acostarse, y el ruido vuelve a su par; vacila de nuevo un breve instante, aunque seguidamente decide comprobar si aquello aguantará un envite más, y podrá por fin descansar.
Una vez terminada la maniobra, cierra los ojos, temiendo a que la cama definitivamente se desmonte; pero después de unos segundos, al comprobar que aquello resiste valientemente, abre los ojos, agradecido por no estar en el suelo. No se quita la ropa,
ni hace movimiento alguno por meterse entre las sábanas, simplemente se acurruca, y mirando el paisaje, cierra los ojos.
Jorge se despierta. Ya ha amanecido. Se levanta acompañado de aquellos persistentes ruidos, de los que parece que ya se había olvidado. Se dirige a cerrar la ventana; pero cuando está medio cerrada, se detiene; la vuelve a abrir, y a la vez que la está abriendo,
hace como si le costara abrirla, y con la boca imita un ruido de chirrido, que acaba cuando está completamente abierta. Hace un gesto de conformidad. Mira el reloj.
Jorge: ¡La madre...! (Coge el macuto y se va)
En el pasillo llama a la dueña para despedirse.
Jorge: ¡Señora, me voy! (Un silencio tras el que no hay ninguna contestación) ¡¡Adiós!!
Después de un silencio se oye que se abre una puerta, y el sonido de alguien que se acerca. Se ve cómo una puerta se abre. El sitio está en penumbra, no se distingue quien se acerca, hasta que se encuentra muy próximo.
Jorge está completamente paralizado, el extraño personaje no pronuncia ni una sola palabra, tan sólo abre la puerta, y se va dejándola abierta, Jorge vacila un instante, tras el que también se va. Da unos cuantos pasos, y se detiene, da la vuelta un tanto temeroso, y con sigilo cierra la puerta.
Jorge está sentado en un autobús que acaba de llegar, la gente empieza a bajar, y Jorge espera quieto un tiempo. Se levanta, coge el abrigo y se lo pone, luego abre el macuto y busca algo; da una y otra vez vueltas a la misma ropa, mira disimuladamente si todos han bajado,
ve como la última persona está a punto de hacerlo, cierra el macuto y se dirige a la conductora.
Jorge: Hola.
Manoli: Hola.
Jorge: ¿Le puedo hacer una pregunta?
Manoli: Sí hombre; para eso estamos.
Jorge: ¿Podría decirme por dónde entran los inmigrantes?
Manoli: (Extrañada) Por todos los sitios que pueden ¿Por qué preguntas eso?
Jorge: Cosas. (Un breve silencio) Pero habrá algún sitio por donde entren más a menudo.
Manoli: (Le mira y contesta) Tal vez... Busca en la Bahía de Santa María. No tiene perdida, según sales gira a la izquierda, verás una calle muy larga, llegas hasta el final, y pregunta por allí.
Jorge: Gracias.
Manoli: Nada. ¿Eres... policía?
Jorge: (Un tanto sorprendido) No. ¿Por qué preguntas eso?
Manoli: Cosas.
Pasa al lado de una máquina de hacer fotos de carné. Se detiene y mira cual es su precio; son 4 Euros, hace gesto de memorizar la cantidad, y sigue su camino. Antes de salir de la estación, ve un quiosco donde se anuncian "Bocadillos a 2 Euros" y se acerca a él.
María que es como se llama la quiosquera tiene una actitud amigable, como quien está de buen humor. Está acompañado por Agustín, un cliente que permanece en silencio, encerrado en sus pensamientos.
Jorge: Hola. Me da dos de jamón.
María: Desde luego.
Jorge: (Se lo piensa mejor) No, mejor deme tres de tortilla ¿La tortilla no tiene nada de cerdo, verdad?
María: (Un poco extrañada por la pregunta) No que yo sepa. (Los coge y se los da) Son seis euros.
Jorge: ¿Sabe...? Me va a dar también los dos de jamón (María sonríe levemente, los coge y se los da) ¿Diez euros, verdad?
María: Eso mismo es. (Un silencio) Se va a hartar a bocadillos.
Jorge: No son todos para mí.
María: Imagino. Lo digo... ¿Por si los quiere mojar un poco?
Jorge: ¿Cómo?
María: ¿Algo de beber?
Jorge: Ah..., sí, claro. Deme un par de botellines de agua. (María le da los botellines de agua) ¿Cuánto es?
María: (Saca una cerveza, y con una sonrisa) Son once con cincuenta. A la cerveza invita la casa.
Jorge: Muchas gracias. (Le paga, y lo mete todo en el macuto como puede)
María: Va a tener que apretar, o hacerse con otro más grande.
Jorge: No... (Empuja un poco más, y consigue cerrarlo) Entró. Bueno... Adiós.
María: Hasta cuando quiera. (Jorge se va)
Agustín: Lo mirabas con ojos libidinosos ¿Eh...?
María: (Irónica) Ah... sí. ¿A ti te voy a mirar?
Agustín: Tú misma, yo estoy aquí; él se ha marchado. (Se acerca Manoli; cuando Agustín la ve venir se muestra incómodo)
Manoli: Hola Agus.
Agustín: Hola. bueno... uno que se va. (Va a pagar)
Manoli: Déjalo, hoy invito yo.
Agustín: Vale, como quieras. (Se va)
María: Mal rollo, al final... Ya no...
Manoli: No. Al final no. Qué le vamos a hacer, no ha querido ceder nada. Yo puse de mi parte, (Bastante decaída) pero... al final...
María: No te preocupes mujer, si lo que sobran son hombres. Te has fijado en ese.
Manoli: Sí. Está bien.
María: ¡¿Esta bien...?! Menudo polvo tiene el amigo.
Manoli: Pero qué salida estás.
María: (Sarcástica) No. Los tíos son los salidos, yo... en todo caso estaré en celo.
Manoli: (Ríe) Ya, y eso es desde...
María: ...que nací, ya lo sé; y ya ves, no pesco nada interesante. ¿Y... tú?
Manoli: No, tío que me gusta, tío que se va.(Un silencio) Esa es la historia de mi vida.
Jorge está al final de la calle donde le dijo Manoli, ve un bar, y entra.
En el interior del bar hay un cliente que está serio, bebiendo una cerveza en silencio, y en el otro extremo del bar se encuentra el camarero, que está absorto mientras limpia la barra con un trapo húmedo; se distinguen algunos rasgos físicos, que indican que tiene un retraso psíquico. Hay una gran pantalla de televisión, donde se ve una película ambientada en la segunda guerra mundial. Jorge tímidamente se dirige a la barra.
Jorge: ¿Me pone un café solo? Por favor. (Sebastián sin pronunciar palabra se dispone a hacer el café, mientras la cafetera está gota a gota llenando la taza, continua limpiando la barra. Se oyen de fondo voces en alemán, que vienen de la televisión, y se mezclan con el sonido de la cafetera. Una vez que el café está hecho, se lo sirve a Jorge, que le pregunta con todo el disimulo que puede)
Jorge: ¿Me podría decir..., dónde está la Bahía de Santa María?
Camarero: Sí. (Tras esta contestación, continua limpiando la barra. Jorge lo mira esperando una indicación que no llega. Tímidamente pregunta de nuevo)
Jorge: Oiga, por favor. ¿Me dice dónde está la Bahía de Santa María? (El camarero sin decir nada, deja el trapo en la barra, y sale a la calle; Jorge desconcertado e inseguro sale tras él)
Camarero: ¿Ve aquella peña allá a lo lejos?
Jorge: Sí.
Camarero: Aquello es. (Una vez dicho esto, entra en el bar dejando a Jorge con la palabra en la boca)
Jorge: Gra... cias. (Jorge muy asombrado entra otra vez en el bar, y se dirige al mismo sitio en donde estaba. Le da un sorbo al café y mira la televisión)
En la pantalla sigue el mismo largometraje, con diálogos en alemán, y con subtítulos en español. Un nazi con gesto serio, tal y como lo ha hecho millones de veces, se acerca a tres judíos, que están sentados en el suelo, bastante asustados. Otro nazi está detrás de él.
Nazi 1: (En alemán) La documentación (Un silencio en el que nadie responde. Se agacha y coge la bolsa, tira el contenido al suelo. Se ve unos pedazos de pan duro, y alguna verdura. Pisa un tomate, e irónico, con tono de superioridad) ¿Dónde habéis comprado esto?
(Siguen en silencio. Se dirige a uno de ellos, al más pequeño, y le da una patada) Levántate. (No se levanta, por lo que el nazi le da otra patada más fuerte) ¡Qué te levantes! (En esta ocasión se levanta) ¿Dónde habéis comprado esto?
(El judío no contesta) Te lo voy a repetir. ¿Dónde habéis comprado esto? (Está muy tenso, no puede contestar nada, por lo que el militar le da un bofetón que lo tira al suelo. Después de un instante le da otra patada) ¡Qué te levantes! (Se levanta muy nervioso) ¡¿Qué?!
Judío: (Desencajado, y en un alemán mal pronunciado, contesta) No nuestro.
Jorge niega con la cabeza mientras se dispone a tomar el último sorbo de café. Se dirige al camarero.
Jorge: ¿Me cobra?
Sebastián: (Irónico, sin exaltarse) Nos ha jodido aquí el Mister. ¿Para qué estoy yo aquí? ¿Le conozco de algo para invitarle? ¿No verdad? Pues entonces... No pregunte y pague. Es un euro (Jorge saca la cartera y le da un billete de cinco euros. Sebastián le devuelve cuatro monedas de un euro; las mira un instante,
y se las guarda en el bolsillo pequeño del pantalón. Recoge el macuto, y en silencio se va)
Jorge está caminando por medio del campo, con una cierta expresión de que se ha perdido, cuando divisa un camino de tierra. Se dirige a él, mira a izquierda y a derecha, hace amago de ir a la derecha, y rápidamente rectifica encaminando sus pasos hacia la izquierda.
Tras saltar unos matojos, ha llegado a un sitio donde se ve el mar; delante de sus ojos está la bahía que buscaba. Se sienta en una piedra; abre el macuto y saca uno de los bocadillos, se asegura que el que coge es de jamón. Ve la cerveza a la que le invitó María, sonríe, y la coge. Mirando el mar empieza a comer.
Ha terminado de comerse el bocata. Tras un suspiro resignado saca la bolsa que había cogido encima del armario; abre uno de los bolsos laterales del macuto, donde se ve una linterna, unas tijeras, celo, etc. Coge un envase de plástico sin abrir, donde hay dos tubos de pegamento especial para metal, y los saca de su interior. Cierra el macuto, y lo aparta.
Del interior de la bolsa de plástico, saca un revolver, y también un pequeño paquete de papel, que abre; hay tres balas de punta hueca, las deja encima de la bolsa junto al revolver. Vacía los tubos de pegamento encima del plástico en el que venían. Coge de nuevo el revolver, abre el tambor, y lo deja con cuidado encima de la bolsa. Le aplica el pegamento al casquillo de una de las balas,
y la introduce con cuidado en el tambor. Una vez hecho esto con las otras dos, rellena con el pegamento los otros agujeros que quedan sin bala, y antes de cerrar el tambor, echa un poco de pegamento en el anclaje. Se asegura que lo ha hecho bien, y la mete otra vez en la bolsa, que nuevamente introduce al fondo del macuto.
Transcurre todo el día y parte de la noche, y no ha ocurrido nada. Se fija en un árbol, se sienta junto a él, y poco después se duerme.
Al día siguiente se despierta un tanto sobresaltado. Mira al mar que está en calma, no ocurre nada, y desilusionado se sienta. Coge unas piedras, y las tira todo lo lejos que puede.
Jorge está notablemente aburrido, sin saber qué hacer. Mira al macuto unos instantes, tras los cuales estira la pierna todo lo que puede, e intenta enredar el pie en una de las correas, para conseguir de esta manera acercarlo; una vez que consigue su propósito, lo abre, y coge el otro bocadillo de jamón.
Está oscureciendo y Jorge juguetea con dos piedras, que deja poco después. Mira al mar, y tras un instante acerca la palma de una mano a los labios, y le da un beso; luego la orienta al horizonte, y sopla. Baja la mano y sigue mirando al mar.
Llega la noche y está mirando el macuto, se encoge de hombros y lo abre. Coge para cenar uno de los bocatas de tortilla. Moviendo la parte superior del pan hace como si hablara el bocadillo.
Bocadillo: ¡Eh...! ¿No me comas?
Jorge: Como sois últimamente los bocatas, no hacéis más que quejaros.
Bocadillo: Mira quien fue a hablar. (Un silencio) ¿Qué estás haciendo aquí? Márchate a casa.
Jorge: (Entristece el rostro, baja el bocadillo, y mirando al mar suspira) Quizás...
Está totalmente oscuro, y no ocurre nada, Jorge está un tanto desesperado, se acerca a un árbol, se baja la cremallera y empieza a orinar. En esto se oye unas voces a lo lejos. Jorge se detiene, y escucha sin hacer ningún ruido. Vuelve a oírse otra vez un ruido de voces; se la guarda, y se acerca a su puesto de vigilancia.
Tras un instante comienza a oírse una sirena de la policía, y las voces se hacen más audibles. Se empieza a divisar una embarcación rudimentaria que llega a la costa, perseguida por una lancha neumática. A unos metros se ve una fueraborda de la guardia civil, que con varios focos ilumina a los inmigrantes, que intentan huir.
Los guardias civiles que estaban en la lancha, saltan a la costa para perseguir a los inmigrantes.
Llegan un par de vehículos todo terreno de la Guardia Civil, con las luces y las sirenas conectadas. Se detienen y se unen a la persecución, con gran dureza consiguen detener a gran parte de ellos; aunque algunos, los más ágiles, y los que están en mejores condiciones consiguen huir. Jorge se da cuenta donde se han escondido tres de ellos, y espera.
Unos guardias civiles echan el último vistazo, mientras otros van metiendo a los que han conseguido coger en los vehículos policiales. Poco después se van, y el silencio vuelve a ser el protagonista.
Jorge con gran sigilo, abre el macuto y coge los dos bocadillos que quedan, lo cierra y se lo pone al hombro. Se dirige con calma hacia donde están ocultos los tres inmigrantes; ellos por su parte no se mueven. Jorge está cerca de ellos, tan sólo a unos metros.
Jorge: Hola, soy amigo. (Deja el macuto en el suelo, y muestra en alto los bocadillos) Comida, ¿Tenéis hambre? (Un silencio, en el que ni se oye nada, ni se mueven nadie) Comida, co-mi-da. Soy a-mi-go, tengo co-mi-da (Allan, uno de los inmigrantes se asoma) Toma, lo quieres..., tuyo es
(El inmigrante con cierto temor se acerca a Jorge y le coge el bocadillo, Jorge le ofrece también el otro, que coge con un poco más de confianza)
Allan: Ojaghdfv lajdhgfv weycrt frr ae. (Los otros dos salen de su escondrijo, Allan reparte con ellos los bocatas, y de la mejor manera posible los divide en partes iguales. Allan pregunta a Jorge, con un español bastante bien pronunciado) ¿Qué haces tú aquí?
Jorge: Creo que te buscaba a ti.
Allan: (Sorprendido) ¡¿A mí?! ¿Para qué?
Jorge: Tengo algo que ofrecerte, es algo que te solucionará posiblemente la vida ¿Quieres saber qué es?
Allan: Sí.
Jorge: Te lo diré a ti sólo, es una cosa que sólo le puedo dar a uno.
Allan: ¿Cómo sé que no me engañarás, y me entregarás a la policía?
Jorge: Eso ya lo podía haber hecho antes, vi como os escondíais ahí; sólo tenía que haber dado una voz. De todas maneras tendrás que arriesgarte. ¿Tienes algo que perder?
Allan: La vida.
Jorge: La vida ya te la has jugado antes, esto será otro riesgo más que puedes aceptar o no, tu sabrás… La recompensa será buena.
Allan: (Habla con sus amigos en su idioma, los dos amigos se marchan) ¿Tú dirás?
Jorge: ¿Cómo te llamas?
Allan: Allan.
Jorge: (Extrañado) ¡¿Allan?! ¿Cómo es eso?
Allan: (Sonríe) La culpa es de mi hermano, pero ahora eso no importa. (Lo mira) ¿Qué quieres de mí?
Jorge: Yo me llamo Jorge, por si eso te interesa.
Allan: Ah..., perdón.
Jorge: ¿Por qué te has arriesgado tanto? Has podido morir.
Allan: Allí también me esperaba la muerte, aquí es una lotería.
Jorge: Sí, pues te ha tocado el premio gordo.
Allan: Me vas ha decir de una vez... ¿Qué quieres de mí?
Jorge: Primero te diré, qué conseguirás. En este macuto tengo dinero para ti. Lo he vendido todo, la casa, el coche, los muebles; todo lo he convertido en dinero, y está ahí, en un sobre. Además tengo un D.N.I., y un carné de conducir, a los que sólo le falta tu foto, para que seas una persona, legal en Europa. Créeme, los documentos son muy buenos; y están acompañados de unos papeles, con unos datos que tienes que aprenderte de memoria, por si preguntan.
También hay un sobre que ya tiene sello, y que tendrás que meter en un buzón después del trabajo hecho.
Allan: Eso está muy bien, pero no me gusta, lo que tendría que hacer para ganar eso, no será nada bueno.
Jorge: Todo depende de cómo lo mires. Para mí será bueno, es lo que quiero; para la gente será indiferente; y para la ley, un delito.
Allan: ¿Puedo ir a la cárcel?
Jorge: Si te pillan, sí; pero eso será difícil.
Allan: ¿Qué tengo que hacer?
Jorge: ¿Quieres saberlo?
Allan: Sí.
Jorge: Entonces tendrás que hacerlo.
Allan: Depende.
Jorge: Puedes irte de la lengua.
Allan: Tienes mi palabra.
Jorge: Eso aquí no vale nada.
Allan: De donde vengo eso es lo que tenemos.
Jorge: (Un silencio en el que mira a Allan) Quiero que me mates.
Allan: (Un silencio) ¡¿Cómo?!
Jorge: Quiero que me mates.
Allan: ¡¿Pero tú estás loco..., o qué?!
Jorge: No estoy loco, esto es lo que quiero.
Allan: Se pueden hacer muchas cosas, pero sólo si se está vivo. (Inicia el movimiento de irse)
Jorge: Cierto, y ésta es una de ellas, lo tengo decidido.
Allan: (Mientras se marcha) Pues eso lo vas a tener que hacer tu solito.
Jorge: (Jorge se queda solo, y en voz baja habla para si) Yo no puedo. (Una lágrima recorre su mejilla) ¡Joder...! Nada me sale bien. (Se sienta en el suelo, y luego se tumba)
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Acto II -EL CONFLICTO-
Se ve como unas manos están arrancando unas zanahorias, son las manos de Allan, que con sus dos compañeros están en una huerta robando unas verduras. Al poco aparece el dueño.
Jacinto: ¡¡Ladrones!! ¡¡Ladrones!! (Al oír los gritos, cogen lo que pueden y salen corriendo) ¡¿Dónde vais?! ¡¡Ladrones!! (Jacinto saca el móvil, y hace una llamada)
Jorge está en el mismo sitio, despierto y con la mirada perdida. Tras un tiempo mueve la mano, y lentamente hace un dibujo en la arena; luego se levanta agotado, desilusionado, y con una casi total ausencia de fuerzas se desnuda. Acto seguido se mete en el mar, y mientras va avanzando juguetea con las olas. Su expresión permanece vacía, e inexpresiva.
Levanta la cabeza, y sorprendido ve delante de él a la mujer a quien ama; logra esbozar una escasa sonrisa, y ella por su parte entra desnuda en el mar, y con una amplia sonrisa se acerca lentamente. Jorge levanta una mano para acariciar su mejilla, y los dos cuerpos se juntan en un abrazo.
Ella se desvanece; Jorge transforma su rostro, reflejando el dolor que siente al darse cuenta que no era real.
No puede gritar, sino que lo contiene dentro de su pecho, baja lentamente la cabeza, mientras una lágrima recorre su mejilla. Tras unos segundos mira al horizonte, a la inmensidad del mar.
Jorge: Por favor..., quiero un poco de suerte en mi vida, aunque sólo sea una vez, por favor..., un poco de suerte. (Jorge sin energía da un par de pasos, se detiene, se ha clavado algo en un pie, y se lo quita como puede; es una chincheta) ¡Pero qué cojones es esto! (Mira de nuevo al mismo lugar) No me refería a esta clase de suerte ¡Me oyes! Me refería a buena suerte ¡A buena suerte!
(Un silencio) ¡Esto es una mierda!
Jorge sale del agua, saca ropa limpia del macuto y se la pone; se va dejando la sucia en la orilla. Camina dubitativo y mirando al suelo. Se detiene tras haber dado unos pasos, con gesto serio aprieta los puños, coge aire, y levanta la cabeza: Está decidido, su vida tiene que terminar. Con la mirada perdida en el horizonte, emprende de nuevo lentamente el camino.
Allan y sus dos amigos siguen huyendo, y aunque están notablemente cansados siguen corriendo todo lo rápido que pueden.
Un vehículo de la policía municipal para cerca de la huerta, y se bajan dos policías que se dirigen a hablar con Jacinto.
Jorge está caminando con paso decidido, aunque no demasiado rápido, por el mismo camino por el que antes pasó en busca de la bahía.
Allan y sus amigos siguen corriendo, aunque sus fuerzas se agotan, y tras un muro de piedra, al lado de un camino, se sientan; respiran un poco, y comienzan a comerse lo robado.
Uno de los policías se dirige al coche para hablar por la emisora, mientras el otro termina de coger unas notas; se despide de Jacinto, y se dirige al vehículo. El agricultor se agacha, intenta arreglar una planta de tomates medio rota.
Jorge sigue caminado, bastante alejado ya de la costa, acercándose al pueblo.
Los tres amigos están riendo, uno de ellos está contando la historia que acaban de vivir. Siguen comiéndose las verduras.
El vehículo circula por un camino.
Jorge sigue caminando con el mismo ritmo, y expresión que antes. Está en un lugar por donde antes pasaron los tres inmigrantes. Se oye un coche que se acerca, es el vehículo de la Guardia Civil. Jorge tiene que apartarse levemente, mientras lo mira a su paso.
Los tres amigos han terminado de comer, y guardan en una bolsa lo que les ha sobrado. En esta ocasión no están muy sonrientes, como quienes adivinan lo que inexorable se les viene encima. Se oye un vehículo que se acerca rápido, se miran, y se asustan al darse cuenta que es un coche policial, uno de ellos intenta levantarse para salir corriendo.
Allan: ¡No! (Hace un gesto para que se queden quietos. El vehículo llega y se detiene)
Jorge se ha parado, ha oído cómo el coche de la policía se detiene. Intenta escuchar algo más, tras unos segundos, se dirige hacia el lugar donde está el vehículo.
Gerardo con gesto serio, tal y como lo ha hecho millones de veces, se acerca a los tres inmigrantes que están muy asustados, e inmóviles permanecen sentados en el suelo. Diego, otro policía está detrás de él.
Gerardo: ¿Alguno de vosotros tiene documentación? (Un silencio en el que nadie responde. Se agacha y coge la bolsa, tira el contenido al suelo) Vaya lo que hemos encontrado. (Pisa un tomate, e irónico, con tono de superioridad) ¿Dónde habéis comprado esto?
(Siguen en silencio. Se dirige a uno de ellos, al más pequeño, y le da una patada) Levántate. (Casín no se levanta. Gerardo le da más fuerte) ¡Qué te levantes, coño! (Se levante y Gerardo le pregunta) ¿Dónde habéis comprado esto?
(Casín no contesta) Te lo voy a repetir. ¿Dónde habéis comprado esto? (Casín está muy tenso, no puede contestar nada. Gerardo le da un bofetón que lo tira al suelo. Después de un instante le da otra patada) ¡Qué te levantes! (Se levanta muy nervioso) ¡¿Qué?!
Casín: (Desencajado) No nuestro.
Gerardo: Nos ha jodido la mierda ésta, claro que no es vuestro, lo habéis robado..., ¿verdad? (Un silencio, Casín no dice nada. Gerardo le da otra bofetada, y vuelve a caer al suelo. Le da otra patada) ¡¡Qué te levantes!! (Se vuelve a levantar) ¡¿Qué?!
Casín: (Llorando) Lo habemos robado.
Gerardo: (Ríe) Lo ves Diego, como a esta mierda se le saca la verdad. Un par de hostias..., y tienes a unos corderitos cantores.
Jorge está oculto detrás de un árbol viendo toda la escena. Ve como el guardia le da una torta más, en esta ocasión no ha sido con demasiada fuerza, y Casín no ha caído al suelo; Gerardo le da la vuelta, y lo esposa. Diego hace una señal para que se levanten, y esposa a uno de ellos. Mientras tanto Gerardo ha llevado a Casín al vehículo, y lo ha introducido en su interior por la puerta de atrás.
Diego llega con los otros dos, metiendo al que está esposado junto a Casín,
y sin soltar en ningún momento al tercero, coge del interior de la puerta trasera unas esposas desechables de tela, con las que lo esposar, tras lo cual hace que entre en el vehículo con sus compañeros; cierran la puerta, y entra en el vehículo. Gerardo está habla por la emisora del coche desde el exterior.
Mientras tanto, Jorge no sabe qué hacer, y se oculta un poco más para no ser visto, luego se asoma. Ve como Gerardo entra en el vehículo. Se vuelve a ocultar, acerca el macuto y lo abre, piensa unos instantes; saca la bolsa, y coge el revólver que se mete en la cintura. Hace un amago de salir, pero se acobarda; coge aire, y en esta ocasión se decide a salir. Corre para llegar al camino, antes que la policía municipal termine de dar la curva.
Se tira en la cuneta, y se hace el muerto. El vehículo detiene su marcha; y bajan los dos policías que se acercan a Jorge. Cuando están lo suficientemente cerca, se levanta, y los apunta con el revólver.
Jorge: ¡Quietos! Las manos a la cabeza ¡¡Vamos!!
Gerardo: ¿Pero quién cojones es este tipo? ¿Tú sabes lo que estás haciendo?
Jorge: (Irónico) ¿Justicia? Si os movéis os meto una bala en la cabeza, daos la vuelta ¡Vamos! (Los policías se dan la vuelta. Jorge les quita el móvil y las pistolas, luego se aleja unos pasos) Las botas.
Gerardo: ¿Pero qué dices?
Jorge: ¡Las botas! (Se las quitan) Ahora..., a caminar todo de frente, si os dais la vuelta, os tumbo. ¡¿Entendido?!
Gerardo: (Farfullando) Ya te cogeré.
Jorge: No te he oído bien ¿Qué has dicho?
Gerardo: Qué ya te cogeré.
Jorge: Date la vuelta. (Antes de que Gerardo termine de dar la vuelta, Jorge le golpea con el arma, Gerardo cae al suelo) ¿Ves... qué sencillo es golpear a un indefenso? (Gerardo hace amago de decir algo)
¿Qué te parece si te doy otra? (El policía no contesta) ¡Ala!..., marchaos ya, y calladitos. (Diego intenta ayudar a Gerardo, aunque éste no se deja. Sin pronunciar palabra, se van)
Jorge entra en el coche y se dirige a Allan.
Jorge: Hola. (Un silencio) ¿Te das cuenta? Así no tienes futuro, si te libero ahora, mañana o pasado te volverán a pillar, y tal vez sea peor. Te meterán en un barco, y otra vez te la tendrás que jugar en el mar.
También puede ocurrir que no te pillen, y te ganes la vida explotado, trabajando de sol a sol como esclavo de algún terrateniente, que te pagará una mierda. O tal vez vendiendo CDs piratas en la Gran Vía, o limpiando parabrisas en un semáforo; huyendo permanentemente cada vez que veas un uniforme. A menos naturalmente, que sea el que viene a coger el soborno semanal.
En invierno pasarás frío, y hambre a lo largo de todo el año; dormirás entre cartones en alguna casa abandonada, en donde te encontrarás con unos cuantos infelices, como tú.
En el macuto hay un sobre que te dará una posibilidad, que no tendrás de otra forma. En el sobre también hay una carta, con la que te tienes que quedar; está cerrada, y es mi confesión, la podrás utilizar en el caso de... que te pillen.
De todas maneras sólo habrás hecho algo que yo te he pedido, por lo que te voy a pagar una importante suma de dinero, y además tendrás unos papeles que te harán persona. Sólo te estoy pidiendo que sigas mi vida, en el punto en el que yo la dejo. (Un silencio) ¿Aceptas el trato?
Allan: Lo que me pides es...
Jorge: Entonces ahí te quedas. (Hace que se va)
Allan: ¡Suéltanos!
Jorge: Si tú no haces algo por mí, yo no haré nada por ti.
Allan: Se lo puedo contar a todo el mundo.
Jorge: No puedes, me diste tu palabra. ¿Recuerdas? (Espera unos segundos, e inicia la acción de irse)
Allan: ¡Espera! (Jorge vuelve y lo mira, después de un par de segundos Allan mira a Jorge, y tras un segundo más) Vale, lo haré.
Jorge: ¿Tengo tu palabra?
Allan: Sí, la tienes.
Jorge coge las llaves del contacto, y sale del vehículo. Se dirige a la parte trasera, abre la puerta, y salen los inmigrantes. Jorge utiliza las llaves para quitarles las esposas. Abre el macuto y coge una navaja, con la que corta las esposas de tela del tercer inmigrante. Mete las cosas de los policías en el coche, lo cierra, y tira las llaves todo lo lejos que puede. Allan se despide de sus amigos en su lengua, y luego se dirige a Jorge.
Allan: ¿Estás seguro?
Jorge: ¿Tú crees que si no estuviera seguro, hubiera hecho algo así?
Allan: No sé ¿Dímelo tú?
Jorge: Anda vamos, tenemos que hacer.
Allan: ¿Vamos a hacerlo ya?
Jorge: (Sonríe levemente) No, todavía no, aún tienes que hacerte unas fotos.
Jorge y Allan están acercándose al fotomatón de la estación de autobuses. Jorge saca del bolso pequeño del pantalón, los cuatro euros.
Allan: ¿Tú crees que esto es seguro? Nos estarán buscando, y una estación de buses es el lugar más probable para buscarnos. ¿No te parece?
Jorge: Quizás, tal vez piensen que nosotros pensaríamos que buscarían aquí, y por eso no vendrán.
Allan: Creo que estás loco.
Jorge: Entra ahí dentro, toma, mete las monedas. (Allan entra y mete las monedas, Jorge echa una mirada al entorno, por si hay policía. Salta la luz de un flash, Allan hace intención de salir) Espera, quedan tres más. (Ve como viene Manoli. Lo ha visto, y sonriendo se dirige a él) Vaya.
Manoli: Hola. ¿Otra vez por aquí?
Jorge: Sí.
Manoli: ¿Ya te vas? Yo ten....
Jorge: No no. Estoy aquí con Allan, que se tiene que hacer unas fotos. Pero de todas maneras..., no estaré mucho tiempo.
Manoli: La semana que viene me toca el viaje largo. A lo mejor te llevo yo.
Jorge: ¿Quién sabe? No estaría mal.
Manoli: Al menos..., te he traído sano y salvo.
Jorge: (Ríe) Sí, y... en tiempo record.
Manoli: (Sonríe) Eso está bien.
Jorge: Ya... Pero tres vomitaron.
Manoli: (Sonriendo) No es verdad (Sonríe también Jorge) Además, para eso hay unas bolsitas.
Jorge: Eso es verdad. (Un silencio)
Manoli: En fin... Me tengo que volver. Y la próxima vez que nos veamos, te invito a tomar algo.
Jorge: Eso está hecho.
Manoli: ¿Sí?
Jorge: Sí.
Manoli: Bueno, entonces..., hasta cuando sea.
Jorge: Sí, ya nos veremos. (Manoli se va hacia su bus)
Allan: ¿Ya se ha ido?
Jorge: Sí (Allan sale del fotomatón)
Allan: Yo creo que la tienes en el bote.
Jorge: Claro claro. ¿Han saltado los cuatro?
Allan: Sí. (Sale del fotomatón, y junto a Jorge espera las fotografías)
Están en un lugar oscuro, dentro de una casa abandonada, en donde no hay ventanas, y la puerta está completamente destrozada; las paredes están llenas de pintadas, y el suelo se encuentra cubierto de papeles.
Jorge está sentado en el suelo delante de un cajón de madera, sobre el que hay un montón de utensilios, con los que está haciendo la falsificación de un D.N.I. para Allan. Con una linterna puesta de pies, ilumina a duras penas todo lo que está encima del mencionado cajón.
Se inclina y saca del macuto un pequeño aparato, que desenvuelve de una especie de espuma. Es de un color azulado, y mide unos 20 centímetros de largo, por unos 10 de ancho, y tiene un grosor cercano a los 7 centímetros. Abre una especie de portezuela, y pone una de las fotografías cortadas que hicieron en el Fotomatón.
Acciona el interruptor, y hace una fotocopia de prueba en un papel en blanco, que tiene las mismas dimensiones que un D.N.I. Mientras tanto Allan le observa sorprendido.
Jorge: ¿Qué miras? Tú a lo tuyo.
Allan: (Meneando la cabeza) Estos españoles. (Sigue leyendo unos papeles que tiene en las manos, y Jorge sigue en su labor)
Encima del cajón se ve también un sobre con la dirección, y el sello ya puesto; además de otros dos sin dirección, uno está cerrado, pero se ve que tiene algún papel dentro; el otro está abierto, y el contenido es lo está leyendo Allan. Jorge por su parte después que ha analizado que la prueba es buena, tanto como por su calidad de impresión, como por la colocación de la imagen, introduce uno de los D.N.I. que carecen de foto, pero que contiene todos los demás datos.
Allan: Vaya, ahora soy pintor ¿No podías elegir otra profesión? Yo no sé pintar.
Jorge: (Sin dejar de trabajar) No te preocupes, casi nadie. Lo único que tienes que hacer, es desparramar pintura en un lienzo, o... en un cacho de madera. Luego dices que eso, (Irónico) es el alma derramada de la humanidad, ensangrentada por la desilusión. Eso sí, con gesto de que tú te lo crees, y ya está. De todas formas..., ¿qué le voy a hacer...? Uno es lo que es.
Allan: Entonces... ¿Eres pintor de verdad?
Jorge: Más bien fracasado. No tragué con el mercantilismo, y con toda la mierda que hay en torno a este mundo. Cuenta más lo que digan unos mercaderes oportunistas e interesados, que el arte de pintar. (Mientras tanto coge un frasco de cola e impregna un plástico con ella, luego pega el DNI) Hay demasiados buitres inútiles. ¿Sabes...? En prácticamente todas las exposiciones que hice, ganaban más los que estaban alrededor, que yo,
que era el que había pintado todo aquello; yo era el artista al que la gente venía a ver, y en muchas ocasiones yo era el que no ganaba nada; eso no es justo, y duele. (Echa cola en la otra cara del DNI, y se asegura que no deja burbujas)
Por eso hace ya tiempo que no pinto nada, de nada. Me convertí en un inútil funcionario más del Estado, a cobrar un sueldo fijo, y a vivir. Eso sí; a vivir una puta vida de mierda. Pero bueno..., cuando llegues al final, estoy seguro que te sorprenderás aún más, de lo que por arte de birli birloque, has llegado a ser con la simple posesión, de este documento. (Se lo da)
Allan: (Lo mira. Un silencio) No puedes imaginarte, cuanto he deseado tener esto. (Un silencio) Jorge Martín Lozano. No suena nada mal.
Jorge: Pues ahí lo tienes; ahora depende de ti. Yo no lo he hecho demasiado bien; deseo que tú lo hagas mejor.
Allan: ¿Qué te impidió hacerlo mejor?
Jorge: Quién sabe. (Un silencio) En fin..., ahora tú eres Jorge, ahora depende de ti.
Allan: No importa el nombre, lo importante, es lo que se tiene dentro.
Jorge: Ya, eso mismo. (Coge un carné de conducir, y se dispone a falsificarlo también) Dime... ¿Cuál era esa historia, por la que te llamabas Allan? Tengo curiosidad.
Allan: (Sonríe) Cuando mi hermano era pequeño, le mordió una serpiente, y reaccionó muy mal. Por allí andaba un americano que lo cogió enseguida, y lo llevó a un hospital. (Irónico) En esos que hay de todo tipo de medicinas, además de médicos. ¿Sabes a lo que me refiero? (Un silencio) Yo nací unos meses después, por eso me llamo como él.
Jorge: ¿Sí? (Allan asiente) ¡Quien lo diría! (Sonríe)¿Y que es de tu hermano?
Allan: Murió de gripe, hace unos años.
Jorge: Lo siento. (Allan asiente. Un silencio) ¿Estás casado?
Allan: Y tengo una hija.
Jorge: ¿Cómo se llaman?
Allan: Mi mujer, Fátima, como la hija del profeta; y mi hija, Yaga.
Jorge: ¿Cómo si tienes..., te has jugado la vida?
Allan: Por ellas. Allí sólo hay hambre y necesidad. Vosotros los países ricos, nos robáis el petróleo, la pesca, y todas muestras minas y riquezas; y a cambio les dais a unos asesinos, armas para que nos maten con ellas. No tenemos otra alternativa, sólo nos queda jugárnosla en mar abierto, (Un silencio) o esperar que vosotros nos dejéis de robar, y esto no ocurrirá nunca, ¿verdad?
Jorge: Cosa difícil.
Allan: ¿Qué será de nosotros, cuando os lo hayáis llevado todo?
Jorge: Te pido perdón. Ya sé que esto no sirve de nada, pero lo que se haya hecho por mi despreocupación, por mi tolerancia, por mirar a otro lado; yo te pido perdón.
Allan: (Un silencio) Acepto tus disculpas, pero admite que algo pudiste hacer.
Jorge: Supongo que sí, siempre se puede hacer algo. (Un silencio) Dime... ¿Cuantos años tiene Yaga?
Allan: (Orgulloso) 16. Es ya toda una mujer.
Jorge: Seguro que es preciosa. (Emocionado)
Allan: Sí. (Con la mirada perdida) Tengo tantas ganas de verla; seguro que me echa de menos.
Jorge: (Con los ojos humedecidos cambia de tono) Estoy seguro. (Nerviosamente recoge las cosas y los mete en el macuto. Le muestra el carné de conducir) Este documento sólo te vale en España para identificarte, en el resto de países tienes que acompañar el DNI; los dos carnés tienen validez de 10 años.
(Allan asiente, y Jorge mete el carné de conducir en un sobre, luego le coge el DNI a Allan, y lo introduce también en el mismo sobre. Guarda el sobre en el macuto, se levanta, mirándole a los ojos, y señalando el macuto) Con esto tienes para 10 años, el resto depende de ti. Vámonos.
Allan: ¿Adónde?
Jorge: A un sitio apartado.
Allan: ¿No quieres un último deseo?
Jorge: ¡Eh...! (Piensa un instante) No. Éste ya es mi último deseo.
Allan: (Buscando recursos para hacer tiempo) ¿No hay nada que te gustaría hacer?
Jorge: No. (Da unos pasos dubitativo, se para y se gira) Tal vez... Hincharme a marisco, (Se da cuenta que ha dicho una tontería) pero... no. Vámonos. Cuanto antes acabemos, mejor.
Allan: Aquí de eso no hay mucho, pero sé donde hay un sitio que tienen buen marisco.
Jorge: ¿Tú cómo sabes eso?
Allan: Yo ya he estado aquí.
Jorge: Fíjate tú. (Inicia el movimiento de marcharse)
Allan: ¿Y el deseo?
Jorge: ¡No quiero deseos!
Allan: Yo sí.
Jorge: ¿Cómo?
Allan: Quiero hincharme a marisco..., antes de matarte. Además yo sólo he comido un trozo de bocata en casi dos días. Tengo hambre.
Jorge: (Un silencio en el que lo mira) Tú mismo, lo pagarás con tu dinero.
Allan: Ya me imagino.
Jorge: (Un silencio) Bueno..., tú dirás dónde está ese sitio.
Los dos policías están en un bar, sentados en unos taburetes al lado de la barra, José está terminando de servir a Gerardo un Sol y sombra, y a Diego un vino.
Diego: Ufffffff. Cómo me duelen los pies.
Gerardo: A mí también, y no me estoy quejando todo el tiempo.
José: Desde luego, lo que no os pase a vosotros dos. Ah..., por cierto ¿Qué tal el examen?
Gerardo: Mal, jodídamente mal. No entiendo: ¿Qué utilidad puede tener para ser sargento..., saber que el Duero pasa por Zamora? No lo entiendo.
Diego: Puso que pasaba el Pisuegra.
José: (Irónico) Ya te veo toda la vida, de cabo chusquero.
Gerardo: (Se levanta) Tú no me toques los cojones, que la cosa no está para bollos. Y de cabo chusquero nada; soy cabo primero, que no es lo mismo (Se ve como tiene un ojo morado, Diego lo mira y contiene la risa)Y ahora tú... ¿Qué...? ¿De qué te ríes?
Diego: Perdona, pero es que me hace gracia ese ojo que tienes.
Gerardo: Vaya, hoy os ha dao a los dos... por tocarme los cojones. (Diego sigue con una sonrisilla) Tú sigue... sigue así, y tal vez tengas los dos.
José: Hombre..., no le pegarás a tu compañero.
Gerardo: Que no se pase un huevo. Venga, termina ya... que nos vamos (Coge la copa y se la acaba de un trago)
Diego: ¿Adónde vamos?
Gerardo: Al "poli", tal vez encontremos a alguien, que conozcan a estos cabrones. (Diego le da un trago a su vino, pero no lo acaba. Se levantan los dos, y caminan como patos, ya que tienen los pies un tanto destrozados por caminar descalzos)
Diego: Yo creo que tendríamos que hacerle caso al médico, e irnos a casa. Estamos de baja.
Gerardo: Nada de eso. Hasta que no cojamos a esos cabrones, no hay baja que valga. (Se detiene) ¿O tal vez... estás pensando en dejarme solo?
Diego: (Resignado) No, ya sabes que no.
Jorge y Allan están enfrente del restaurante. Se ve un rótulo que le da nombre. "CHARLY"
Allan: Ahí está.
Jorge: ¿Tú crees que los guardias esos no buscarán aquí?
Allan: No, supongo que no ¿Quién puede pensar..., que unos tíos que acaban de fugarse de la policía, se vayan a cenar marisco a un restaurante caro? ¿Eh...?
Jorge: No, si mirado así, la cosa es rara. Bueno, vamos allá. (Se dirigen al restaurante en el que entran)
Los dos policías están hablando con un guardia civil en el interior de un polideportivo. Hay gran cantidad de colchones tirados en el suelo; en alguno se encuentran acostadas varias personas, la iluminación es pobre. Hay junto a los policías un inmigrante.
Pepe: Éste es uno de los que vinieron en la última patera, el único que habla algo español.
Gerardo: A ver. ¿Dónde crees que han podido ir? (No contesta) ¿Me parece que te he hecho una pregunta? (No contesta, se dirige a Pepe) Me lo llevo al despacho; ahora venimos.
Pepe: A ver qué haces. (Gerardo se lo lleva a una habitación cercana)
Diego: Lo que yo no entiendo, es el papel del otro tipo. ¿Quién coño es? (Se oye como le grita al inmigrante, y como le da algún golpe)
Pepe: ¿Tú también...? Quién iba a ser, uno de alguna mafia. Tienen que rentabilizar su dinero.
Diego: No, no me cuadra. Cuando pillamos a esta gente, esos tíos siempre desaparecen; mañana tienen más. ¿Para qué jugársela? No..., es extraño. (Se sigue oyendo las voces y los golpes, aunque no se distinga ninguna palabra)
Pepe: No sé. ¡Ah! ¿Tú conoces a Nacho?
Diego: ¿El de las patillas?
Pepe: Ese mismo. Pues ha tenido trillizos.
Diego: ¡¿No me jodas?!
Pepe: Como te lo digo. (Gerardo sigue con el inmigrante)
Diego: Vaya putada.
Pepe: Sí, y como los tres sean como mi hija, que no hay noche que no llore por algo, menudo coro de ángeles que va a tener.
Diego: Sí sí... de ángeles. Yo... (Se abre la puerta, sale Gerardo con el inmigrante agarrado por un brazo. Se vuelven los dos sin inmutarse ante el estado del inmigrante, es algo normal.)
Gerardo: Se ha caído. Vámonos; esta mierda no sabe nada.
Pepe: Tienes que controlarte un poco. ¡Ala...! Marchaos, y que tengáis suerte. (Dirigiéndose al inmigrante, con tono irónico) Y tú... ¿Te has caído, verdad? (Éste asiente con la cabeza)
Allan y Jorge están sentados en el restaurante, viendo la carta de platos.
Camarero: ¿Qué desean los señores?
Allan: Queríamos hincharnos a marisco. ¿Es posible?
Camarero: (Muy correcto) Naturalmente, Pueden comer todo el marisco que quieran. Pero... ¿Qué desean?
Jorge: Sorpréndanos.
Camarero: ¿Cómo?
Allan: Que nos sorprenda, elija usted.
Camarero: Como quieran los señores.
Jorge: Ya verás qué hostia nos dan aquí.
Allan: (Serio) No te preocupes, que la pago yo. (Un silencio) ¿Por qué quieres morir?
Jorge: No creo que éste sea el momento.
Allan: No habrá otro.
Jorge: Ya... (Un silencio) Creo habértelo dicho. Mi vida no es digna de ser vivida, y...
Allan: ¿Tienes trabajo?
Jorge: Sí.
Allan: ¿Tienes casa?
Jorge: Sí.
Allan: ¿Tienes salud?
Jorge: (Un silencio) Sí.
Allan: ¿Entonces...?
Jorge: Cosas que no entenderías.
Allan: ¿Una mujer?
Jorge: Eso es parte, la verdad es que estoy solo; cada vez que salgo a la calle, lo hago solo; cuando voy al bar a tomar algo, entro y salgo solo; cuando voy a pasear, paseo solo. (Un silencio)
Un día de esos que paseaba; me senté cansado en el banco de un parque. Oía, como sonaba el agua; sentía una brisa que movía suave las hojas de los árboles; veía como la gente iba de un lado a otro. Yo no tenía nada que ver con todo aquello, nada dependía de mí. Que yo estuviera allí o no, no le afectaba a nadie, ni a nada; nada dejaría de moverse, porque nada se movía conmigo.
Entonces me di cuenta, que... si desapareciese en ese mismo momento nadie me buscaría, ni me echaría de menos. (Un silencio) Me sentí como el señor nadie, tan solo... y tan vacío, que tomé la decisión de acabar aquello.
Allan: (Serio y asombrado) ¡Impresionante! ¿Te has dado cuenta de algo de lo que has dicho? (Jorge lo mira escéptico) Es lo más patético que he escuchado nunca. La verdad es que vosotros tenéis una avería muy gorda. Pero... no te das cuenta que eso se arregla con gente, mira ahora, estás aquí conmigo, hemos entrado los dos juntos, y saldremos los dos juntos.
Jorge: Pero tú te marcharás solo. (Un silencio) Quizás..., acompañado de mi futuro. Deseo que lo disfru...
Allan: ...Eso no tiene porque ser así. Yo no quiero nada, puedes empezar una nueva vida aquí, o en otro lugar.
Jorge: ¿A ti qué más te da?
Allan: Me da. Yo tengo una mujer muy hermosa que me quiere, y una preciosa hija, y quiero darles todo lo mejor, porque las quiero mucho. Si me he arriesgado tanto es por ellas, quiero darles una buena vida, y para eso no necesito mucho: Trabajo, casa, salud, y... ganas de ser feliz. Tu tienes todo eso, me refiero a lo material, porque las ganas te faltan; y no lo puedo comprender. ¿Por qué, o cómo has llegado a esta situación?
(Jorge está callado, no se atreve a mirar a los ojos a Allan. Llega el camarero que trae una bandeja de mariscos)
Camarero: No se preocupen, ésta es sólo la primera ¿Qué vino quieren?
Allan: Sorpréndanos.
Camarero: ¡¿Eh...?! Ah, bien. Como deseen los señores.
Jorge: Pero te olvidas que yo no tengo a nadie; tú tienes razones para caminar, yo no.
Allan: Seguro que alguien habrá, allí de donde eres, que te mira con ojos de...
Jorge: No.
Allan: Intenta buscar, intenta imaginar una locura. (Un silencio) ¿Quién crees tú, de toda la gente que conoces, que si la invitaras a cenar, te diría que sí?
Jorge: (Piensa un instante) No sé. (Un silencio) Puestos a pensar una locura..., tal vez la panadera; es algo más joven que yo, pero..., cada vez que entro en la tienda, me sonríe. Y sé que no está con nadie.
Allan: (Deja de comer) Ahí lo tienes, vuelve e inténtalo.
Jorge: La verdad, te tengo que confesar una cosa: Ir a comprar el pan es el mejor momento de todo día; y por eso llevo mal los martes, porque es el día que libra. Tiene algo, no sé; su sonrisa es tan especial.
Allan: Siempre hay alguien. (Jorge asiente con la cabeza)
Los dos policías están en el interior del coche, que está en marcha.
Gerardo: ¿Dónde coño andarán estos subnormales?
Diego: ¿Qué tenemos?
Gerardo: Para empezar, una mala hostia de cuidado; además de un puñado de basura, y un hijo puta gilipollas; porque si le ha dao una hostia a un poli, es que algo le falta.
Diego: ¿Tú crees que tendrán dinero?
Gerardo: No..., pero seguro que lo habrán robado.
Diego: Y lo querrán gastar.
Gerardo: ¿Dónde irías tú con dinero?
Diego: Ya lo sabes, donde la Puri.
Gerardo: Síííí, uffff, y cómo está la muy puta.
Diego: Y las cosas que te hace ¿Eh...?
Gerardo: ¡Joder...! Ya te digo.
Diego: Te ha hecho alguna vez eso de los vasos.
Gerardo: Sí sí. Ufffff, como me pone sólo pensarlo. Y a ti te ha cogido la... (Un silencio) Bueno, vamos a centrarnos, ¡Cojones! Vamos a ver, hemos quedado que esos hijos de puta son tontos, y tal vez tengan dinero.
Diego: Yo me marcharía.
Gerardo: ¿Vamos a la estación de buses?
Diego: No, ese sería el primer sitio que miraríamos, allí no irán.
Gerardo: Sí. (Mira el reloj)
Diego: Tendrán hambre. ¿Tal vez... a algún sitio a cenar?
Gerardo: (Irónico) Sí hombre, y si te parece..., irán al Charly.
Diego: Hombre... ahí no creo, pero en algún sitio tendrán que cenar.
Gerardo: Lo robarán, es lo que saben hacer, y es lo que harán siempre. ¿Para qué vas a pagar algo si lo puedes coger? (Un silencio tras el que se da cuenta de algo) Espera... ¿El Josu, no vive por ahí?
Diego: Sí.
Gerardo: Vamos a verle, ese tipo seguro que sabe algo.
Allan y Jorge están acabando de cenar.
Allan: (Mira a Jorge) La verdad es que las relaciones humanas son complicadas, mucho. Me acuerdo... Hubo un tiempo en el que me llevaba mal con la que hoy es mi mujer. Nos conocimos, y un día la situación se torció, no sé bien la razón, supongo que fue la vida; lo cierto es que creo que llegamos a odiarnos.
Hasta que un día tuve que ir a Smara para hacer unos papeles, y que curioso, esa oficina a la que iba... ¿Sabes en qué calle está? (Jorge niega con la cabeza) En la avenida de Fatimatun número tres. Qué cosas...
Tenía el tiempo justo para hacer los papeles, y coger el bus de vuelta. Pero las cosas se liaron, y llegué tarde por unos pocos minutos; lo vi marchar a lo lejos, y aunque sabía que no lo cogería, de todos modos corrí un trecho tras él; todo para acabar gritando: "¡¡¡Mierda!!!"
La verdad es que era un gran problema, porque sólo hay uno de ida, y otro de vuelta, cada dos días. Ufff. ¿Qué iba a hacer allí dos días? Andando no podía volver, el camino no es que fuera muy largo, pero el desierto es duro. Así que me organicé como pude, y esperé.
Allí estaba yo sentado en la acera, cansado y aburrido tras aquellos dos largos días. Vi como el autobús llegaba y se paraba en el mismo sitio de costumbre. Vi como la gente iba llegando poco a poco, y hacía una fila a la puerta de entrada del bus. Pero era pronto, y había cogido una buena sombra, así que me quedé donde estaba.
Al poco vi como ella llegaba y se ponía en aquella fila. Qué bonita, me pareció la mujer más bonita del mundo. Pero no nos hablábamos, vivíamos en el mismo poblado, pero no nos veíamos nunca. Sentí como el corazón se disparaba, y no lo entendía bien, porque reconozco que había rencor hacia ella. Aunque quizás fuera amor, o... no lo sé, yo... Aún hoy, no sabría decirte por qué el corazón iba tan deprisa.
La vi entrar en el autobús, y por un momento pensé dejar que se fuera, aunque tuviera que quedarme allí otros dos días más. Pero... no, así no.
Espere eso sí, hasta que todos habían entrado. Cogí aire, e hice lo único inteligente, entrar en ese autobús. La busqué en cada asiento, hasta que la vi allí sentada. Supongo que ella me vio entrar, porque tenía la mirada que no sabía dónde meterla. Yo me dirigí derecho hacia ella, y me plante delante, y le dije: "Hola" Ella tardo tiempo en contestar; quizá pensaba que me iba a hacer el despistado, y que haría como que no la veía, y si era eso lo que yo quería, me ponía las cosas fáciles; pero no, no era eso lo que yo quería.
Estoy seguro que no pensó que me iba a quedar plantado delante de ella, sin dejarle posibilidad de escape, pero eso fue lo que hice; y hubiera esperado allí plantado todo el tiempo que hubiera hecho falta.
Al final pudo pronunciar un tímido: "Hola" Luego hablamos unas frases. Noté que estaba forzada, y por eso no quise alargar la situación mucho más tiempo. Me despedí, y me senté al final del todo. No hablamos nada en todo el viaje, aunque estoy seguro que ella me dedicó algún pensamiento. Al llegar a casa, fui yo el que le ponía las cosas fáciles a ella, por lo que salí rápido. No sin decirle mientras casi no dejaba de caminar: "Hasta luego"
Jorge: ¿Y no la volviste a ver?
Allan: (Sonríe) Sí, no te das cuenta... que me casé con ella.
Jorge: Ehhhh... Ah. Claro claro.
Allan: Y lo más curioso de todo, lo que me hace pensar que la vida es extraña, maravillosa, y que depende sólo de uno mismo. ¿Sabes...? Aquel día que nos encontramos era su cumpleaños, y yo antes de marcharme a Smara, le había enviado un regalo, un regalo que ella todavía no había recibido; un regalo robado, porque no había pensado darle nada por su cumpleaños. La situación no estaba bien entre nosotros dos;
pero de repente sin saber por qué, el día antes de marcharme le robe a mi hermano una figura, que había comprado hacía unos días; era lo único que tenía a mi alcance que era interesante, y no había tiempo de conseguir otra cosa.
Jorge: Vamos... que pudo ser un jarrón.
Allan: (Sonríe) Sí, pudo ser un jarrón, pero fue una figura, eso no importa. Escribí como pude en alguna parte de aquella figura: "Feliz cumpleaños. Un beso. Al" Al, es como me llama ella. Y se la envié, así, sin más.
Después recuerdo que me sentí culpable, y pensé que no le iba a gustar, y que me la devolvería acompañado de una nota mandándome a la mierda. En esto me equivoqué. Me acepto el regalo. ¿Y sabes por qué?
Jorge: No.
Allan: Porque se lo hice.
Jorge: Ya... (Pensativo, y con la mirada esquiva)
Los policías acaban de aparcar el vehículo cerca del CHARLY. Se dirigen a la casa de Josu. Su caminar es todavía estilo patos, sin exagerar.
Jorge serio, y pensativo está comiendo una langosta, y Allan lo mira en silencio.
Los policías se acercan por la acera del CHARLY.
Diego: Los pies me están matando.
Gerardo: Mira que eres crica.
Diego: Y... ¿qué tal, si nos vamos pa casa, como nos dijo el jefe?
Gerardo: ¡¿Tú estás tonto, o qué?! ¡¿Cómo vamos a permitir...?! ¡¿Eh?!
Diego: Vale vale. No he dicho nada.
El camarero se acerca y trae una cazuela de gambas al ajillo.
Jorge: (Mira al camarero) Bien. Gracias.
Los dos policías están a punto de pasar por delante del restaurante. Diego, según va caminando mira por la ventana, y se detiene. Gerardo sigue caminando unos pasos, tras los cuales se detiene y se gira.
Gerardo: ¡¿Qué pasa?!
Diego: (Mirando por la ventana) No te lo vas a creer.
Gerardo: (Un segundo pensando) No me jodas... (Se acerca rápidamente)
Jorge sigue pensativo mientras continua con la langosta. Allan deja por un instante de comer, y buscando un tema de conversación.
Allan: Una pregunta. Es una tontería, sólo por curiosidad ¿Por qué les mandaste quitar las botas a los guardias?
Jorge: (Jorge levanta la mirada del plato, y tras un instante abre los ojos que parecen platos) Así como el que no quiere la cosa, gírate un poco, y mira quien viene a cenar esta noche.
Allan: (Se gira con temor, y ve asomados a la ventana a los policías) ¡¿Qué hacemos?!
Jorge: Yo creo que nos falta tiempo para salir corriendo.
Allan: Ellos están en la puerta.
Jorge: Vámonos por la cocina.
Allan: ¿Habrá puerta trasera?
Jorge: Siempre la hay. (Rápidamente coge el macuto, y se levanta. Los policías entran)
Gerardo: ¡Alto a la Municipal! (Jorge y Allan salen corriendo) ¡Joder! Antes siempre se quedaban quietos.
Diego: Bueno... Hay que admitir que la guardia civil impone más. (Gerardo saca la pistola) ¡¿Qué vas a hacer?!
Gerardo: ¡¿No querrás correr?!
Diego: Aquí hay gente. Además..., la cocina no tiene salida.
Gerardo: (Le mira extrañado) Ya me dirás algún día..., cómo sabes tú eso. (Diego se da cuenta que ha dicho algo que no debió)
Allan y Jorge están en la cocina desconcertados, por no tener puerta trasera.
Allan: ¿Y la puerta Jorge, dónde está la puerta?
Jorge: Bugs Bunny la pintaría en la pared. ¿Tú crees que nos funcionaría algo así?
Allan: Me temo que no. (Un silencio) Saca la pistola.
Jorge: No. No podemos.
Allan: ¡¿Cómo que no podemos?! ¿Y esa tontería...?
Jorge y Allan ven venir a los dos policías a través de un ventanuco, muy nerviosos se adentran en la cocina. Cuando se sienten acorralados por los guardias, les empiezan a tirar con todas las verduras y hortalizas que pillan, y en el momento que están a punto de ser atrapados, Allan coge un paquete de harina abierto, y le tira el contenido a la cara de los policías, y Jorge con una gran sartén les atiza un golpe en la cabeza, que caen al suelo.
Jorge: Me he pasao.
Allan: Nooo..., creo que sobrevivirán.
Cocinera: (Alterada) ¡¿Ahora quién me paga todo esto?! (Jorge la amenazan con la sartén, y ella se aparta)
Gerardo: ¡Ayyyyy...! Qué hostia.
Diego: Me han roto la cabeza.
Allan: Tanto dar, qué mal lleváis eso de recibir.
Jorge: Vámonos, que aquel de allí está haciendo una llamadita. ¿Tú crees que será a su abuelita?
Allan: Me temo que no. (Allan y Jorge se van, y dejan a los guardias quejándose)
Saliendo del restaurante, Allan está un tanto sonriente, Jorge está serio.
Jorge: ¡Eh! ¿Dónde vas?
Allan: Vamos por aquí, conozco a alguien que nos podrá ayudar.
Jorge: No, primero tienes que hacer una cosa.
Allan: ¿Pero… y… Ana?
Jorge: ¿Ana qué?
Allan: Pues que….
Jorge: Vende pan, y sonreír es parte del negocio, no hay más. Vamos. (Inicia el movimiento hacia el exterior del pueblo)
Allan: Ahhhh. Estos españoles de mierda. Pero no entiendes que así no se arreglan las cosas, es de cobardes. Tú también tienes que coger tu autobús. (Jorge no responde, Allan le da un meneo) ¡¿Me escuchas, o qué?!
Jorge: Tienes que cumplir. Te he dado tu deseo. ¡Yo quiero el mío!
Se oyen sirenas de la policía. Los dos se giran hacia el lugar donde viene el ruido, y salen corriendo en la dirección contraria. Varios coches de la Policía Municipal llegan al restaurante, paran y salen numerosos policías, que entran en el restaurante a la carrera. Llega un coche de la Guardia civil.
En el interior de la cocina está Diego, sentado en el suelo medio llorando, Gerardo está en pie con una mano en la cabeza, apoyado en la pared con la otra. Entran los policías que acaban de llegar. Rodríguez, que es sargento de la Policía Municipal es interceptado por la cocinera.
Cocinera: ¡¿Y quién paga todo esto?!
Rodríguez: No se preocupe señora, supongo que alguien lo hará. (Dirigiéndose a Gerardo) Vaya, mira quienes están aquí. ¿No os dije claramente, que os fuerais pa casa?
Gerardo: Sí, pero....
Entran tres Guardias civiles. Uno de ellos es teniente, y nada más entrar en la cocina es interceptado por la cocinera.
Cocinera: ¿Quién me va a pagar a mí…? (Uno de los guardias que acompañan a Miguel saca la libreta y apunta lo que dice la señora. Los policías municipales se apartan y dejan paso a los guardias)
Miguel: A ver ¿Qué ha pasado aquí?
Gerardo: Un español, y un moro de mierda, nos han agredido.
Miguel: ¿Cómo ha sido eso?
Diego: (Medio llorando) Con una sartenes. A mí me han roto la cabeza.
Miguel: (Serio) ¿Eran dos? (Entran dos guardias civiles más hablando entre ellos)
Diego: (Continua sentado en el suelo) Sí, pero con una sartén enorme.
Miguel: (Hace lo que puede para contener la risa) A ver si me aclaro: ¿Dos tipos armados con una sartén, han dejado fuera de juego a dos veteranos policías?
Gerardo: (No contesta. Nadie puede contenerse la risa, aunque la policía lo intenta disimular, y los guardias lo hacen con descaro. Tras unos segundos en los que Gerardo se está tragando la saliva) ¡Sea como fuere, hay unos cabrones que hay que trincar, y eso hay que hacerlo ya! ¿No le parece?
Miguel: Desde luego. (Deja de reír, aunque mantiene cierta sonrisilla)
Gerardo: Hay que tener cuidado. Esos hijos de puta son mala gente. Uno lleva una pequeña metralleta; por eso nos pillaron desprevenidos. ¡No podíamos hacer nada! había demasiada gente.
Además..., nos dijeron, que la próxima vez que nos vieran nos darían matarile. ¿Pero vamos a consentir que nos toquen los huevos de esta manera?!
Miguel: No, desde luego que no. (Irónico) Pero vosotros no os preocupéis…, ya nos encargamos nosotros de esto. En fin… Ir a que os curen las heridas de guerra. (Ríe moderadamente)
Rodríguez: (Muy serio) Creo que esto no es de risa.
Miguel: Sí, sí que lo es. (Todos los guardias ríen a mandíbula batiente, mientras los policías municipales se están enfadando mucho. Recupera un poco la compostura) Bueno…, a lo que vamos. (Mordiéndose el labio inferior mira al sargento de la municipal) Vosotros…, a poner multas. (Retorna la risa entre los guardias)
Rodríguez: (Notablemente enfadado, y con un tono de voz algo elevado) Esto es inaudito. Unos tipos golpean a la policía, y la guardia civil no tiene otra cosa que hacer…: Que reírse.
Miguel: No te pongas nervioso. Ya vamos.
Rodríguez: El movimiento se demuestra andando.
Germán: Hay unos tipos con metralletas, que andan sueltos por ahí fuera, y si son capaces de darle a la policía, (Con mucho desprecio) no van a cortarse de sacudirle también a los del tricornio. (Un silencio, en el cual las risas terminan totalmente)
Miguel: Bien…
Rodríguez: Vamos (Sale al exterior. Tras un instante los demás hacen lo mismo)
Jorge y Allan están agotados de tanto correr. Llegan a un acantilado.
Jorge: No puedo más.
Allan: ¡Eh! Ten cuidado, que nos caemos.
Jorge: Joder... Y menuda caída. Éste es un buen sitio. (Deja el macuto en el suelo, saca el revolver, y quita el seguro. Se la ofrece a Allan) Hay 3 balas. Tal vez con la primera te sea suficiente, pero prefiero que las uses todas. No me dejes mal herido. (Coge aire) Vamos, que sea rápido.
(Allan mira el revolver, pero no lo coge)
Allan: Aquí hay un precipicio. ¿Por qué no te tiras?
Jorge: (Se asoma) Yo no puedo.
Allan: Si te faltan las fuerzas..., yo te empujo. (Señala el revolver) Eso… No
Jorge: No. Puedo quedar mal herido. Hay mucha altura, pero nunca se sabe. Toma. (Le ofrece de nuevo el revolver a Allan) Está cargada con balas de punta hueca. Estas no fallan. (Allan coge el revolver con mucho temor. Jorge se agacha y coge el sobre del macuto donde está todo lo que le ofrece)
Allan: ¿Estás seguro que no hay una solución?
Jorge: Sí, esta es la solución.
Allan: No sé si voy a poder.
Jorge: Hazlo por tus chicas. Así tendrán una oportunidad.
Allan: Por favor.
Jorge: ¡Hazlo entonces por mí! (Desesperado) Yo quiero morir, pero como ya sabes soy un cobarde, y yo solo no puedo. Además…, así podrás seguir la vida en donde yo la dejo. ¡¡¡Vamos!!! (Le acerca el sobre) Aquí tienes lo tuyo, ahora dame lo que me pertenece.
Allan: Por favor.
Jorge: (Totalmente fuera de si) ¡¡¡Acaba de una vez!!! Esto es lo que quiero ¡¿No lo entiendes?!
Tras un segundo de silencio, Allan sube el arma apuntando a la cabeza de Jorge. Aprieta poco a poco el gatillo del revolver. Está sudoroso y con el rostro dolorido, pero continua apretando el gatillo; el revolver tiembla, hace un clic, y el martillo se dirige al percutor; se oye como golpea sobre algo, pero la bala no sale.
Jorge: (Muy afectado) ¡¿Qué pasa?!
Allan: (Completamente destrozado) No sé. Yo he apretado.
Jorge: (Coge el revolver y lo examina) ¡Pero qué cojones! Está el seguro puesto. Yo lo quité.
Allan: Yo no lo he puesto.
Jorge: (Quita el seguro, y se dispara. Allan cae al suelo al recibir el impacto de la bala) ¡Hostia! ¡Tú no! (Rápidamente Jorge se echa sobre él para ayudarle)
Allan: ¡¡¡Ahggg...!!!
Jorge: ¡¡¡Joder!!! (Allan sangra por un brazo. Jorge le aparta la chaqueta, y le rasga la camiseta; le ha dado en un hombro, y aunque sólo le ha rozado, se ve claramente el surco de la bala, por donde sangra. El disparo ha sido a quemarropa, por lo que también se ven las quemaduras de la pólvora)
Allan: ¡¿Qué has hecho?!
Jorge: No sé. Se ha disparado. ¡Perdón! Tú tienes quien te espera, tú no puedes morir. (Jorge coge la mano de Allan, y la pone en la herida) ¡Aprieta!
Allan: ¡¡¡Ahggg...!!!
Jorge: (Se quita la chaqueta, y con la camiseta, hace unas una tiras con las que venda a Allan) Tú no, esa bala era para mí. (Un silencio) ¿Pero qué he hecho?
Allan: Ya te dije..., que esto, no era buena idea.
Jorge: (Nervioso) Perdóname. Tu tienes... no puedes morir. ¡¡¡DIOS!!!
Allan: ¡Ahg...! !Ay¡ Hazme el favor de tranquilizarte.
Jorge: ¿Pero qué coño dices?
Allan: Nada hombre, que no me voy a morir de ésta. A menos que quieras pegarme otro tiro. ¡Ahg... Empieza a doler. (Se oyen ruidos y sirenas de la policía)
Jorge: Vaya, éramos pocos..., y parió la abuela. ¿Podrás caminar?
Allan: Me has dado en un hombro, no en los huevos.
Jorge: ¡Ten cuidado con el precipicio!
Allan: ¿Qué hacemos?
Jorge: No sé. (Mira al precipicio) ¿Tú has visto... "Dos hombres y un destino"?
Allan: ¡¿Tú estás loco, o qué?!
Jorge: Era una idea. ¡¿Tienes tú alguna otra?!
Allan: Sí. Correr. Ahí se ve un faro, tal vez podamos escondernos en él. (Jorge se pone el macuto al hombro, y se van. El revolver queda en el suelo)
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Acto III -LA HUIDA-
Se ven a unos diez policías que avanzan, están peinando la zona, en dirección a donde están Jorge y Allan, los vehículos se han dividido en dos grupos, y en diagonal cubren ambos flancos.
Jorge y Allan están corriendo. Pasan encima de un colector, cuya tapadera hace ruido al ser pisada. Están enfrente del faro, que tiene varias casas adosadas. Se oye cómo se acercan unos cuantos vehículos, también ladridos de perros, y algún helicóptero que vuela en las cercanías.
Jorge: ¡Joder! ¿Qué hacemos? ¡La puta mierda...! (Mira la tapa del colector, y se acerca a ella. Tira de una de las asas, y abre la tapa) Vamos, rápido (Se oye como la Guardia Civil está muy cerca)
Allan: ¿Estás seguro?
Jorge: ¿Hay una idea mejor? (Allan se mete dentro del colector, y por un tubo estrecho en el que una persona entra muy justo, se adentra. Jorge va detrás, y cierra la tapa) ¡Joder, como huele esto!
Allan: Ahora no te quejes, que la idea ha sido tuya (Se oye como varios vehículos pasan por encima de la tapa)
Al faro llegan unos seis coches que se detienen, y varias motos que siguen en la búsqueda. Se oyen a lo lejos unos perros que se acercan. Un coche para justo encima del colector; con una de las ruedas del vehículo pisa la tapadera.
Jorge está entrando en el tubo. Se quita el macuto del hombro, y lo arrastra como puede.
Jorge: ¿Tú crees que será muy largo?
Allan: Espero que no. Esto no hay quien lo aguante.
Jorge: Ya te digo. ¡Joder...¡ ¡Qué asco!
Un Guardia Civil derriba la puerta del faro y entra en él; hay dos guardias más que lo cubren. Otros se dispersan y entran en las casas. No encuentran rastro de nada. Llegan los perros policía que se detienen excitados en la tapadera del colector, y comienzan a excavar.
Una voz: ¡Quitar el coche! ¡¡¡Hostias!!! (El coche se aparta y quitan la tapadera. Un guardia se mete en su interior)
Allan está saliendo del tubo por el otro extremo, y se dirige rápidamente al río, para lavarse toda la porquería que tiene encima. Sale Jorge poco después.
Jorge: ¡Joder cuanta mierda! (Se lava en el río)
Allan: Tú quéjate, que el que bajaba primero era yo. (Sigue lavándose. Se escucha un gran jaleo, y ladridos de perros)
Jorge: ¿Qué tal estás?
Allan: Bien.
Jorge: (Dirigiéndose aguas abajo) Venga que nos trizan.
Allan: No por ahí no. (Dirigiéndose aguas arriba) Por aquí.
Jorge: Por ahí nos meteremos en la boca del lobo.
Allan: Hazme caso ¡Vamos! (Jorge duda un instante, y luego lo sigue)
En el faro hay un buen montón de guardias civiles, y un par de policías. Sale el guardia que entro en el colector, con cara de asco.
Guardia 1: ¡Cómo huele esto!
Guardia 2: ¿Tú crees que se han ido por ahí (Le ayuda a salir)
Guardia 1: Estoy seguro. Avisar que se han escapado por aquí. (Sale del colector)
Guardia 3: (Se dirige a un vehículo y coge el micrófono de la radio) Tango 3 para todas las unidades de búsqueda. Están abajo, se han escapado por un desague. Están en la cuenca del río.
Jorge y Allan corren río arriba por la orilla. Jorge se quita la chaqueta y la tira al agua.
La Guardia Civil sube a los coches, y salen a toda prisa con las luces y sirenas de emergencia. Se ve a algún helicóptero que sobrevuela el perímetro de búsqueda, y que se dirige a la cuenca del río.
Jorge y Allan están corriendo. Allan se detiene en la salida de un gran desague.
Jorge: ¿Qué haces? (Allan intenta sacar de un lateral, un trozo de reja)
Allan: Inténtalo tú, yo no puedo. (Jorge lo intenta y lo consigue. Se meten los dos dentro) Ahora ciérralo otra vez.
Jorge: ¿Cómo sabías que se podía entrar por aquí?
Allan: Ya te dije..., que ya había estado aquí antes.
Jorge: ¿Cómo estás?
Allan: Vaya.
Jorge: A ver, déjame ver cómo va. (Le mira la herida) Bueno, al menos parece que ha dejado de sangrar.
Allan: Sí, pero duele.
Jorge: Perdóname, yo no quería herirte.
Allan: Lo sé.
Jorge: Tenemos que salir de ésta, como sea. (Abre el macuto y saca la linterna, luego siguen caminando.)
Allan: ¿Por qué... no sacaste la pistola en el restaurante?
Jorge: Sólo tenía tres balas, y ésas..., eran para mí.
Allan: Pero la sacaste en el camino.
Jorge: Era distinto. Nadie saldría herido. El arma tenía balas, pero en esta ocasión no había quitado el seguro. Yo... no podía disparar.
Allan: ¿Ya no quieres morir?
Jorge: No lo sé. Nunca pensé que ocurriría esto. No quería hacerle daño a nadie. Yo... (Un silencio) Te contaré algo: (Se detiene y mira a Allan.)
Aquel día en el banco del parque, cuando me levante, hubo como una chispa de ilusión, y no sé por qué; es de esas cosas que sientes, y no sabes la razón. Saqué el móvil y llamé a una persona. Alguien que me había repetido en un montón de ocasiones, que podía contar con ella... No una, ni dos, ni tres…, sino todas las que hicieran falta. La llame una vez, y no acudió. Dijo que le venía mal. (Baja la mirada)
Qué duro es darse cuenta: Que esa persona a quien quieres tanto, no te quiere nada; y quizás... no te quiso nunca. Aún así, unos días después volví a coger el móvil, con la intención de llamar a alguien; porque necesitaba de alguien. Y empecé a ver nombres, valorando a quien podía llamar, y pasaban uno detrás de otro, le di varias vueltas, y... al final, por unas cosas o por otras, pensé que no me iban a escuchar, que tampoco acudirían. Por eso hoy hemos llegado hasta aquí.
Allan: (Serio e Irónico) Sí hombre, ahora resulta que a ti no te quería nadie... ¿verdad?
Jorge: Qué duro eres. Sólo sé que no tenía nada.
Allan: Eres un tonto, por juzgar a la gente antes de tiempo. Nunca sabes dónde hay un amigo.
Jorge: (Comienza a caminar) Pero me han fallado.
Allan: (Disgustado le sigue) Y a mí, y a todo el mundo. ¡¿Pero no te das cuenta que eres un egoísta?! ¿Quién te dice a ti que el día ese que no acudió, que ella no estuviera también mal? ¿Pensaste esa posibilidad? Quizá estaba peor que tú. Y dime: ¿Tú... la ayudaste en algo? (Lo para agarrándolo por un brazo y le mira a los ojos)
Jorge: No; pero sólo porque ella no me llamó nunca. Sé que en una ocasión estuvo en urgencias, y no llamó a nadie; si ella me hubiera llamado yo habría acudido, lo habría dejado todo para ir a su lado; pero no lo hizo, en cambio yo sí, yo sí llamé, y ella no vino.
Allan: Vale. Quedamos que esa tía es tonta, vale…, lo acepto. (Le mira a los ojos) ¿Pero no te das cuenta que en cualquier momento puedes conocer a alguien?
Jorge: Cierto. Te he conocido a ti.
Allan: Pues eso. (Un silencio) ¿Sabes...? Yo soy un soñador, pero sólo cuando tengo los ojos cerrados, cuando los abro, veo claro lo que hay, y sé que tengo que adaptarme, porque de lo contrario, moriré. (Mira a Jorge) Creo que el día que dejaste de pintar, empezaste a morir.
(Jorge asiente levemente con la cabeza. Allan le da unas palmaditas cariñosas en el hombro, y hace un gesto para seguir caminando)
Unos guardias están en el desague por donde salieron Allan y Jorge. Llega una lancha neumática, y salen unos perros que van aguas abajo. Los guardias los siguen.
Allan y Jorge caminan por el interior del túnel. Jorge abre el macuto, y saca una camisa limpia de su interior, tiene estampado un dibujo de Mortadelo y Filemón. Es la última prenda que queda en su interior.
Allan: ¿Qué has hecho con la chaqueta?
Jorge: Nada, puede que dé algún resultado. Anda quítate esa camisa, y ponte esta limpia; no sea que se te infecte. (Allan se quita la chaqueta y la camiseta, ayudado por Jorge. Le revisa la herida) Bien, esto no va del todo mal. (Se pone la camiseta que tenía Allan)
Allan: Vamos, no tenemos tiempo que perder.
Se ven algunos guardias civiles, en el lugar donde habían estado Jorge y Allan, y uno de ellos acaba de encontrar el revólver, que coge del suelo con la mano.
Guardia 4: ¡Mi teniente! He encontrado el arma. (Se la da a Miguel. Allí están Rodríguez, Gerardo, y unos cuantos guardias civiles)
Miguel: (Irónico) Bien, así se cogen las pruebas…, sí señor. (El guardia 4 disimula y esconde la mirada) Esto es un revólver…, como muy usado. (Intenta abrir el tambor pero no puede) Y parece que está jodido. ¿No decías que tenían armas último modelo?
Gerardo: (Muy serio) Desde luego, esto lo han debido tirar. Con todo lo que llevan esos cabrones se puede armar un ejército. Para mí que por aquí tiene que haber un zulo.
Miguel: Pudiera ser. (Huele el cañón) Esto ha sido disparado.
Gerardo: Algo han tenido que venir a hacer aquí, aquí tienen que tener algo escondido.
Miguel: A ver tú. (Habla con uno de los que bajó del coche) Llama a la central. Que traigan detectores de metal, y lo antes posible peináis toda esta zona, a ver si encontráis algo.
Gerardo: Yo creo que habría que encargarse primero de esos hijos de puta. (Se dirigen a un vehículo, encima del cual despliegan un plano de la zona)
Miguel: A ver... estamos aquí.
Gerardo: (Sonriendo con cierta malicia) Los tenemos trincaos.
Miguel: (Pensativo) La verdad es que no tienen mucha escapatoria.
Gerardo: No, estos no se escapan. Pero no hay que olvidarse de los otros dos, tienen que estar por algún sitio.
Miguel: ¿Esos no estaban en el restaurante?
Gerardo: No.
Miguel: Seguro que se han largado ya.
Gerardo: Eso no lo sabemos, pueden estar por aquí. No hay que arriesgar demasiado; en cuanto se les tengan a tiro... no hay que darles oportunidad a nada.
Los perros están aguas abajo; han encontrado la chaqueta de Jorge, que se había enganchado a una rama. Los guardias la cogen.
Guardia 5: ¡Joder! ¡¿Dónde se habrán metido esos cabrones?!
Allan y Jorge caminan por el desague.
Jorge: (En voz baja) ¡Quieto! ¿No oyes nada?
Allan: Sí, hay alguien.
Apaga la linterna y caminan despacio. Poco después consiguen distinguir a unos quince inmigrantes, entre ellos hay alguna mujer embarazada. Las condiciones en las que están son penosas, destrozados posiblemente por un largo viaje, se encuentran tirados en el suelo, intentando descansar un poco. Allan ve a alguien conocido; es el personaje que Jorge se encontró en la pensión. Se acercan a ellos. Algunos se levantan.
Allan: Hola Severino.
Severino: (Se asusta levemente, pero luego lo reconoce) ¡Hombre...! ¿Qué pasó el otro día?
Allan: Qué nos pillaron, la mayoría están detenidos. ¿Y tú qué tal?
Severino: Bueno..., hay tres embarazadas que están... a punto. (Se da cuenta que es raro que él este ahí) Y...¿Qué haces aquí? Digo, si has podido escapar..., ¿por qué estás aquí?
Allan: Nos sigue la policía.
Severino: ¿Os siguen muchos?
Jorge: Toda.
Severino: (Un tanto asustado) ¡¿Cómo que toda?!
Jorge: Sí, nos sigue toda la guardia, y vete tú a saber cuántos perros más.
Severino: ¡¡Vamos, levantaos todos!! ¡Hay peligro! (La gente se levanta como puede, están agotados) Yo ya me arriesgo demasiado ayudando a la gente a pasar la frontera, no se necesita que nadie ande haciendo locuras. Nos ponen las cosas más difíciles.
Jorge: Tal vez no hemos tenido otra posibilidad.
Severino: No lo sé. Lo cierto es que ahora estamos jodidos.
Jorge: Es parte del riesgo.
Severino: (Muy molesto) No, no lo es. (Dirigiéndose a Allan, y apuntando a Jorge) Ya estoy cansado de tanto listillo.
Jorge: ¿No entiendo? Tú sacas buenos beneficios de esto.
Severino: (Cabreado) ¡Pero qué dice este gilipollas! (Se va con los otros inmigrantes, ayudando a una embarazada muy debilitada. Jorge no sabe que hacer, está un tanto desorientado)
Allan: (Dirigiéndose a Jorge, mientras ayuda a una embarazada) Creo que te equivocas.
Jorge: ¿Por qué?
Allan: Severino no cobra nada.
Jorge: ¿No?
Allan: No. Hay gente que entiende, el infierno por el que estamos pasando. (Un silencio)
Severino nació en el monte, la comadrona fue un nazi que había desertado, porque no quería participar en aquella locura...
Todos los inmigrantes están nerviosos, y como pueden intentan seguir adelante. Se siente la desesperación de todos y cada uno de ellos. Se ven los rostros rasgado por el dolor que le cuesta cada paso que dan.
Las imágenes se entremezclan, y en estos momentos nos encontramos en el interior de un bosque, completamente de noche. Unas quince personas, entre las que hay alguna mujer embarazada. Las condiciones en las que están son penosas, destrozados posiblemente por un largo viaje.
De pronto una mujer se detiene, acaba de hacer aguas. Está sujetada a su marido que la sostiene con cariño, y con miedo.
Señora: (En francés) ¡Socorro! (Se acerca un alemán, que ha desertado del ejercito nazi)
Alemán: (En alemán) ¡¿Qué pasa?! ¡Oh Dios! Túmbese aquí.
El marido: (En francés) ¡No pasa nada cariño. Todo va a ir bien! (Dirigiéndose al alemán) ¿Sabe lo que hace?
Alemán: (En alemán) A ver como se lo digo... Yo... ¡Vale! Haremos lo que podamos. Usted sujete a su mujer. (El marido lo mira muy nervioso sin entender nada. El alemán le coge la mano y la junta con la de su mujer; seguidamente le aparta la falda, y le quita las bragas)
Todas las personas caminan con gran esfuerzo, se les ve cansados y desesperados, pero aún así siguen su camino. Las imágenes se entremezclan con perros que están subiendo por el río. Unos guardias civiles van detrás de ellos. Poco después, descubren una embarcación que estaba tapada con maleza.
Los inmigrantes están saliendo del túnel por una alcantarilla en el interior de la fábrica. Allan y Jorge ayudan a salir a los inmigrantes, mientras siguen discutiendo.
Jorge: Ya... ¿Y eso qué tiene que ver?
Allan: ¿Cómo que qué tiene que ver? Qué pronto olvidáis. ¿Ya no recordáis cómo se levantó vuestro país?
Jorge: Sí, ya... pero no es lo mismo.
Allan: Tienes razón, no es lo mismo. Antes erais vosotros, ahora somos nosotros.
Esto no son mafias, (Un pausa en la que mira a Jorge) a esto yo lo llamo hambre. (Jorge está pensativo, pero sin dejar de ayudar a los que van saliendo)
Sale una mujer que está en muy malas condiciones, con algunas manchas de sangre en la falda, acompañada por un hombre que también está bastante mal, aunque todavía le puede dar alguna ayuda a la mujer. El último que sale es Severino, que lleva un recién nacido entre los brazos, arropado entre su propia chaqueta, en la que se distingue también, algunas manchas de sangre. Se dirige a Allan, un tanto nervioso.
Severino: Os buscan a vosotros. Creo que lo mejor es que a partir de ahora sigamos caminos diferentes.
Allan: Creo que es lo mejor; además..., nos quedaremos un tiempo por si vienen; pero no demasiado. Que tengáis suerte.
Severino: Ya. Lo mismo os digo (Se va)
Jorge: (En voz baja) ¿Pero qué le has dicho? ¿Cómo que nos quedaremos?
Allan: Es lo justo. Además, yo necesito descansar (Se sienta en el suelo, apoyándose en la pared. Jorge hace lo mismo)
Jorge: ¿Por qué ese tipo hace eso? ¿Qué saca con todo esto?
Allan: (Notablemente cansado) Supongo…, que no quedarse mirando.
Jorge: ¡¿Eh...?! (Un instante en el que piensa) Ya... Esas personas se mueven con él. (Allan asiente.) Tal vez, me he preocupado por cosas que no... (Un silencio. Jorge durante unos instantes tiene la mirada perdida. Se fija en una hoja que ve en el suelo. Allan se da cuenta que Jorge está mirando la hoja)
Allan: ¿Cómo puedes pretender que una hoja se mueva sola? Vas a tener que acercarte, y soplar. (Jorge tras una breve pausa, asiente)
Los perros están en la barca, mientras un guardia está con una linterna en la salida del desague. Busca un sitio por donde se pueda entrar. Tras intentar mover alguna parte de la reja, encuentra la que se puede quitar, y comprueba que se puede pasar.
Guardia 4: ¡Fermín, trae los perros!
Jorge y Allan están sentados en el mismo sitio.
Allan: Deja ya de pensar tanto.
Jorge: Sí. Habrá que irse.
Allan: Aguanta un poco más.
Jorge: Dime... ¿Cómo hablas tan bien el español?
Allan: Me he esforzado en ello; escribir..., no tanto. Tampoco ha sido muy difícil; vuestra radio y |